Enrique Urbizu | Director “La espectacularización de la violencia me produce mucho pudor”

  • El director de ‘La caja 507’ y ‘No habrá paz para los malvados’ presentó este lunes en Málaga Premiere la segunda temporada de la serie ‘Gigantes’ de la mano de sus protagonistas

Enrique Urbizu (Bilbao, 1962), este lunes, en su posado ante los medios. Enrique Urbizu (Bilbao, 1962), este lunes, en su posado ante los medios.

Enrique Urbizu (Bilbao, 1962), este lunes, en su posado ante los medios. / J. Zapata / Efe (Málaga)

Algo no debe funcionar bien en el cine español cuando Enrique Urbizu (Bilbao, 1962), ganador del Goya por No habrá paz para los malvados (2011) y director de otros títulos como La caja 507 (2002) y La vida mancha (2003), no cuenta con una filmografía más abundante, en correspondencia con su talla como cineasta. Este lunes presentó en la sección Málaga Premiere del Festival de Málaga la segunda temporada de la serie Gigantes, que ha realizado para Movistar +, de la mano de Daniel Grao, Isak Ferriz, Elisabet Gelabert y otros protagonistas.

-Decía Manuel Vázquez Montalbán: “Los escritores de novela negra en España somos tantos que Juan Madrid es uno de los dos”. ¿Quién es el otro director si hablamos de cine negro?

-Hay muchos, sería muy injusto decir lo contrario. Sin mirar al pasado, hoy está Alberto Rodríguez, evidentemente. También Sorogoyen, Koldo Serra y otros que transitan los mismos territorios.

-Pero pocos los han explorado como usted.

-Sí, bueno, mi cariño por el género viene desde que hago superochos. El cine negro es un género urbano que te permite abordar el cine político, el cine social y el de denuncia. Por sus conflictos extremos, además, es un género apasionante para el espectador. Sus mimbres son las cosas que más miedo nos dan, la ambición, el poder, la corrupción. Y es el tipo de cine que mejor conecta con el sistema que nos rodea, en el que todos los hilos son económicos: tenemos la economía sumergida, el dinero negro, el blanco y el verde. Y siempre me ha interesado contar lo. Es más, creo que el cine contemporáneo tiene ciertas obligaciones para con lo contemporáneo, y lo que nos toca es esto. Por supuesto, un cineasta tiene todo el derecho del mundo a hacer una comedia más despegada, pero yo siempre lo he entendido así.

-¿Gigantes comparte también ese mismo compromiso?

-Al principio era otra cosa, porque partíamos de la base de que el espectador ya conoce cómo funciona esto de la droga, cómo se mueven las fichas. Lo que intentamos ahora es dislocar las fichas para ver cómo se destrozan entre ellas.

-Pero no deja de ser muy periodística en sus intenciones.

-Claro. Es que el negocio de la droga en las ciudades no constituye un mundo aislado. Tiene lazos con la política, con las fuerzas del orden, con los servicios de inteligencia... La droga siempre ha sido susceptible de ser utilizada como arma política. Pues bien, todo esto está incluido en ese magma legendario de hijos de puta que habitan la serie, el CNI y tal. Habrá un par de personajes positivos, y si me apuras sobra uno.

-De todas formas, en su cine no abundan los héroes morales. ¿Es el signo de un pesimista?

–Es que no sé si hay o ha habido alguien en quien podamos una integridad del cien por cien. La jueza de No habrá paz para los malvados sí era un ejemplo de esto, está diseñada como un modelo de esperanza para los ciudadanos, porque el único clavo ardiendo que nos queda es la gente que hace bien su trabajo, que mantiene una ética y una estética profesional férrea, sea cual sea su oficio. El título de la película hace referencia a esto. Los malvados no eran precisamente los terroristas, que al fin y al cabo hacían lo que tenían hacer, y lo hacían de puta madre además. Por otra parte, si el sistema falla, los hombres se ven obligados a tomar decisiones al margen del sistema. Eso les pasa a los Gigantes, precisamente.

"Los malvados son todos los que por su vilezas personales no hacen bien su trabajo y permiten que se abran ciertas grietas"

-¿Cómo valora su relación con la televisión desde Pepe Carvalho?

-Ha habido de todo. Gigantes ha sido una dirección de cine plena, feliz, aunque sea un trabajo para la televisión. Me he encontrado para empezar toda la libertad y la confianza, pero también un equipo perfectamente engrasado con el que ha sido un placer rodar. Yo venía de una experiencia nefasta con la serie del Capitán Alatriste, que fue todo lo contrario a esto, y tenía mis miedos sobre la posible intervención de la cadena y esas cosas. Pero para mi sorpresa todo el mundo ha confiado en el engranaje y no he tenido ni una pizca de presión desde el primer día de rodaje hasta el último de montaje.

-¿Es muy distinto rodar la violencia para el cine que hacerlo para la televisión?

-No, en absoluto. Otra cosa es que hagas una serie que pueda estar destinada a otro tipo de público o que pueda tener una determinada amplitud de horquilla respecta la audiencia en la que ciertas brutalidades deban ser pulidas. Con Gigantes no teníamos este problema. Al contrario, teníamos un mundo feroz donde la violencia estalla con frecuencia. Siempre intento mostrar la violencia dura, cruda, veraz y seca, como es. Y al mismo tiempo intento evitar el espectáculo a toda costa. La espectacularización de la violencia me produce mucho reparo, mucho pudor. Lo más violento puede estar a veces fuera de cuadro o ser directamente una elipsis. Sea como sea, le tengo mucho respeto a la violencia.

-¿Tal vez la tragedia es que Hollywood sí a contribuido a normalizar esa espectacularización de la violencia?

-Últimamente, con la trampa de la postmodernidad, el asunto se ha banalizado mucho. Se hace un cine pensando en un público joven que cultiva el sadismo, películas como Sé lo que hicísteis el último verano o Destino final. No sé cómo estas películas ayudarán a los jóvenes norteamericanos a matar a sus demonios. Pero sí, se ha creado una tendencia frívola que puede contaminar a géneros más respetables, y eso es peligroso. Luego, la postmodernidad nos ha vendido el cuento de que todo está permitido, y de ahí algunas cosas de Tarantino o del Eli Roth, que las ves y dices “Dios mío, qué paletos”. No hay quienes les niegue la brillantez, son brillantes, pero yo no me río cuando veo sus películas.

-¿El mejor director es el que tiene claro, sobre todo, lo que no quiere enseñar?

-El cine es el arte de enseñar y de ocultar. Un encuadre deja siempre algo fuera del cuadro. Me gusta, por ejemplo, que a veces no se vea a un personaje mientras habla. Invitar al espectador a que complete lo que está pasando. Lo que enseñas tiene que ir a la par de lo que el espectador no ve. Tú decides.

-En el debate entre el streaming y las salas, ¿dónde se sitúa?

-Intento mantenerme al margen. El cine siempre va a estar ahí. Es más, creo que va a haber una sobresaturación con todo esto de las series y la gente volverá a las salas. La posibilidad de tener la unidad de la obra, por completo, en una hora y media o dos horas, no en seis ni en trece, es un valor a recuperar y la gente lo echa de menos. De ahí que, por ejemplo, se emitan cada vez más películas en televisión sin cortes. Pero por otra parte es cierto que la experiencia de la sala parece reservada a las grandes producciones espectaculares, y es que si se sigue sin cuidar la versión original y si se sigue sin estrenar lo que gana en Cannes es muy difícil plantear alternativas. Del Ministerio de Cultura ni se sabe ni se espera nada sea el Gobierno que sea, son muchos años en los que han cambiado las administraciones sin que hayamos percibido una mínima sensibilidad no ya por el cine, sino por la cultura y la educación. Y así nos va. El verdadero drama de este país es la educación. Y no hay ninguna intención de hacer un pacto de Estado.

-El cine también pierde ahí, claro.

-El cine español ha aguantado una campaña de desprestigio feroz totalmente a la intemperie, sin nadie que nos defendiera. Cuando llegó la piratería tampoco dio nadie la cara por nosotros. Hubo que esperar a que llegara la piratería al mundo del libro para que empezaran a oírse voces en contra. Ahora nos vamos recuperando poco a poco, a base de trabajo bien hecho, película a película, episodio a episodio, con el cariño y la fidelidad del público. Pero no he visto otro linchamiento parecido.

-¿Cómo dirige a sus actores?

-No tengo un método especial. Es una mezcla de instinto y sentido común. Soy franco y sincero. Comparto la información, sé lo que quiero y lo que no quiero, y eso inspira confianza en los actores. Pero tienes que tener buen material, claro. Sin una buena historia, este trabajo es un tostón. Imagínate, con un material como el de Gigantes y estos bestias que tengo en el reparto no puedo decirte que es fácil, pero sí que es muy grato. Y un secreto: al actor no hay que tenerle miedo.

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