'Litus' Problemas del primer mundo

'Litus', de Dani de la Orden. 'Litus', de Dani de la Orden.

'Litus', de Dani de la Orden. / M. H.

Del episodio de branded content que Leticia Dolera trajo a la Sección Oficial del Festival de Málaga hace unos años, pasando por el cortometraje de Ridley Scott para Turkish Airlines, la historia del cine está repleta de colaboraciones entre realizadores y marcas. Litus no llega a serlo, pese a que el product placement de una marca de cerveza es evidente, la fotografía no dista en nada de un spot publicitario, y la infatigable banda sonora ambiental remite de manera permanente a la llegada incipente de un eslógan. Por desgracia, también algunos pasajes del guión.

El suicidio de Litus reúne seis meses después a un grupo de amigos en casa de uno de ellos. Entre confidencias, anécdotas y trapos sucios, Toni (Quim Gutiérrez), hermano del fallecido, comparte varias cartas que éste le hizo llegar… destinadas a cada uno de sus amigos.

Algo hay del ajuste de cuentas bobò de Las distancias, y también de los títeres que oscilan en función del ausente. Pero De la Orden no es Elena Trapé (tampoco Polanski) y es evidente cuando al tratar de llevar al cine esta obra teatral de Marta Buchaca, los altibajos son una constante y el engranaje funciona lo que dura la vis cómica de Adrián Lastra. Consumida esta, para el último tercio -el importante, donde se pagan las facturas de las premisas ingeniosas- el descalabro es supremo, fronterizo en la vergüenza ajena.

“Sólo quería que supierais que el día que murió escribió su mejor canción”, esgrime Pepe (Miquel Fernández). Y es que la superficialidad con la que los personajes desglosan el suicidio, justifican las acciones y gestionan sus pataletas es casi infantil, lejos de los retratos corales mucho más eficientes y equilibrados del díptico Barcelona, nit d’estiu y Nit d’hivern. Para poco sirve aquí un reparto esforzado en cubrir con sus mejores –aunque repetitivas– maneras la búsqueda programada de la lágrima fácil. El momento tear-jerking de Sonia (Marta Nieto) y Marco (el propio Lastra) sólo puede soportarse desde la misma indiferencia que el número musical de cierre.

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