OPINIÓN - EL PUCHE

Espérame tarde

La tapia del cementerio se alza piedra a piedra, los carros la traen de la cantera partida con la almaina, la cal caliente baja de la calera por la cuesta Parrúa, la arena sube en serones desde la Rambla y el agua vierte de la fuente al pie del cortijo Marcos.

Que tristes se ven desde el Cruce los cipreses, acompañan el camino de troncos encalados con frutos de calavera caídos al suelo. Las manos y los aperos del albañil llegan del pueblo los sábados y domingos para levantar la pared en el barranco, cierran la tierra donde duerme el sueño eterno de las almas.

La puerta de hierro chirría, la rueda gira sobre el fleje curvo anclado con clavos largos, una hoja abierta da el ancho suficiente para pasar, sin embargo se estrecha cuando lo atraviesa una comitiva de entierro. El barrio de la Virgen del Carmen, ha cerrado las puertas a los muertos, las casas rodean el cerro, es la hora de cambiar los fuegos fatuos de lugar, un poco más lejos, un poco más tranquilos.

La entrada talla una portada de mármol blanco, de frontispicio esbelto, letras en relieve con reloj de arena y guadañas anunciando la morada, dos jarrones a izquierda y a derecha acunan la semilla de una hiedra que retuerce sus hojas. Entro santiguándome, protejo mi cuello con un pañuelo, el aire corre fresco y silba en los olivos de enfrente. La cera de un velón cae por la pared de un nicho a falta de encalar, la tierra seca de agua bebe el aceite.

El arco de medio punto lo repite el formero en cada hueco, el armazón marca la madera en el yeso, una tapa cortada a cincel espera apoyada en el tabique para cerrar la luz a cal y canto. El techo de launa inclina hacia el tubo de hierro, rebosante en la tormenta de otoño y refugio de arañas en los días de calor. Un lagartijo asoma tras la piedra cabecera de un caballón recién hecho, aún no tiene la cruz y solo un pedestal en el centro emerge de la tierra gris.

El osario de bóveda redonda señoriquea una cruz de madera, su puerta nueva pintada de negro resalta la entrada al foso; los huesos han ido llegando sin nombre, sin lágrimas… sin flores.

Una pala y una espiocha descansan solitarios, esta semana con la llegada del frío han traído a dos criaturas, débiles y faltos de pecho, ángeles sin culpa, de alas rotas y cajitas blancas.

Subo a la parte alta del camposanto, una lastra brilla invitando a sentarme, desde aquí veo el barranco de la Currita, el barranco El Cuco y el cerro Los Grajos, despeñadero donde los burros muertos caen rodando por el terraplén.

Una mujer acaba de entrar, su manto negro oculta su cara, un cubico deja ver un crisantemo morado, camina despacio, cansada se apoya en el poyato de piedra seca, la oigo en el silencio rezar, su mano suelta una cuenta del rosario, avanza hasta el último caballón, una losa con las tres iníciales de su hijo desgraciado en la cantera saca las pocas lágrimas que quedan en sus ojos. El capacho guarda un tazón y la caja de mixtos la mecha de una mariposa, el aceite en un botellín deja salir primero el agua para alumbrar el túmulo. Con una pequeña rama marco en el suelo una señal, este lugar me gusta, lo pediré en el consistorio y si no está cogido me lo darán para levantar un panteón sin prisas –nunca debemos ir rápidos en estos asuntos– el tiempo se encarga de hacerlo por nosotros.

Me levanto con un tirón en la espalda, la mujer ha salido delante, sus alpargates vuelven sobre sus pisadas, la flor queda en un bote de cristal, ladea sus hojas resbalando en el tallo una gota de agua.

El tío Pepelala se acerca con la llave en el cinto, es la hora de cerrar el cementerio, cruzo la puerta y respiro mejor. Al final de la tarde no he tomado las medidas del trabajo, ni lo he dibujado, el día de los Difuntos se acerca, la piedra está en la cantera, las herramientas en la fragua, el carro con la rueda rota… “las fiestas en lo alto y mijos en cueros”. Voy al bar que ayer vino vino de Albondón, miro de reojo a la tapia, unas cruces inclinadas por el viento me dicen adiós, levanto la mano, saludo y acelero el paso. Antonio Machín viene a mi garganta, el estribillo de su canción aligera mi huida al pueblo, lo tarareo tres veces antes de llegar a la trinchera de la carretera, en mi oído escucho:

Espérame en el cielo… cariñito adorado… naninaninanina naninaninaa.

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