Monkey Week El festival más divertido del mundo

  • El Monkey Week se despide triunfalmente congregando ante los diferentes escenarios a una multitud de personas deseosas de disfrutar de la música sin estar pendientes del tiempo, que también se sumó a la fiesta.

Derby Motoreta's Burrito Kachimba en el Teatro Alameda Derby Motoreta's Burrito Kachimba en el Teatro Alameda

Derby Motoreta's Burrito Kachimba en el Teatro Alameda / Javier Rosa

El sábado, tercer y último día de conciertos del Monkey Week repartidos por el entorno de la Alameda, presentaba una cara muy diferente a la de los dos días anteriores; el sol lucía espléndido, la temperatura era agradable y todo estaba a favor de pasar un grandioso día rodeado de música. La Alameda estaba copada por la gente desde antes del mediodía, en el que todo dio comienzo al ritmo que salía de los platos de El Patillas, el DJ que calentó los oídos desde el escenario principal antes de que tuviese lugar la Batalla de las Bandas que organizaba Radio 3.

En ese mismo escenario comenzó nuestro periplo diario con apenas tiempo de comprobar como el público congregado ante él se hallaba rendido a las canciones de olor rancio sostenidas por ritmos punkarrones de los almerienses Compro oro. Con apenas un aperitivo musical y encaminados hacia la pista de coches de choque nos llamaron la atención los sonidos que comenzaron a surgir del pequeño Escenario Icas, que por fin el tiempo había permitido montar en el centro de la Alameda, y allí nos quedamos, en la mejor decisión tomada durante todo el festival. Un cambio en el horario situaba allí y ahora a Koala Voice y el lema del Monkey Week de “descubre hoy a las bandas de mañana” adquirió todo su sentido. Hacía muchísimo tiempo que no veía a un animal escénico como Manca Trampuš, la jovencísima chica que estaba al frente de la banda, cantando con una tesitura vocal similar a la de Courtney Barnett y transmitiendo con su cuerpo y su actitud toda la energía del rock verdadero. Con canciones tanto en inglés como en otro idioma del que no entendí una palabra, que supongo que será el que se habla en Eslovenia, el país de donde vienen, y arropado por un gran trabajo de guitarra y una contundente base rítmica, el indie pop de los 90 surgía de ellos con una frescura absoluta. La tarde musical no podía comenzar de forma tan placentera. Y suma y sigue; porque después de eso vivimos en el Escenario Jägermusic el concierto más divertido de todo el festival, el del trío italiano Bee Bee Sea, que sin estridencias y a base de machacar el punk más alegre que pueda uno imaginar, hicieron temblar, literalmente, las planchas metálicas que formaban el suelo de la pista de coches de choque con el pogo más numeroso, duradero y loco de todos los presenciados hasta ahora.

Necesitábamos rebajar el ánimo porque la tarde acababa de empezar y no se podía mantener un subidón de este tipo durante toda la jornada, y la elección fue Rycerzyki, un cuarteto polaco de dream pop que resultó ser demasiado melifluo y azucarado para nuestro propósito, que era bajarnos poco a poco de la nube, no morir de aburrimiento, por lo que dimos varios pasos más, hacia la sala Monasterio para encontrarnos con Jessiquoi, lo que fue otro nuevo acierto, porque esta chica suiza, parapetada tras su consola de gadgets electrónicos de la que iban surgiendo sin cesar complicadas bases, efectos y enrevesados samples, era una sirena que nos mantuvo cautivos con su canto sin otra opción que rendirnos a ella; era como una Nina Hagen electrónica; era otro de los grandes descubrimientos del Monkey Week.

Saboreando aun lo que acabábamos de ver, esperamos allí mismo el concierto de Moura, una banda gallega que dejó patente que A Coruña es la novena provincia andaluza. Lo que ellos hacen es rock andaluz, ¿de qué otra forma se puede definir una pieza como Da interzona a annexia que no sea diciendo que es lo que hacían Imán con una dosis extra de psicodelia y el volumen de los amplis subido hasta el 11? El abrazo de este estilo con el folk gallego es más patente todavía en la Ronda das Mafarricas con la que cerraron, rock lisérgico y sinuoso con el que habían participado en la ya citada Batalla de Bandas, que teniendo a Moura como contendientes no se explica uno como nombraron vencedor a Ignatius Farray y su mediocre banda Petróleo.

El Teatro Alameda se abría para que la gente entrase demasiado poco a poco a ver a Akkan, un dúo barcelonés que llenó el recinto de electrónica naturalista sin ningún condicionante de géneros, que fue derivando en repetitiva por lo que elegimos ese momento para el avituallamiento indispensable, que se hizo muy agradable con el fondo sutil de la música de I Am Dive que llegaba desde el gran escenario cercano. Una vez repuestas las fuerzas, y en vista de la suspensión por causas médicas del esperadísimo concierto de Tropical Fuck Storm en el teatro, se presentaba la ocasión de ser testigos de la nueva reinvención de Quentin Gas, que esta vez se presentó en la pista de coches con el único respaldo de Enzo Leep, un DJ hasta ahora dedicado a las sesiones, mucho más apreciado en Berlín o Kiev que en su propia ciudad de Sevilla, que con los arreglos techno que le ha hecho a canciones como Mangala las hace apenas reconocibles y las convierte en poderosas máquinas de baile. Todo el repertorio antiguo de Quentin, Deserto Rosso, Mala puñalá, estaba deconstruido y el concierto lo basó sobre todo en piezas nuevas en las que fusiona el house con un flamenco sintético dando lugar a una arquitectura musical  que las hace muy atractivas. Sobre las bases que el DJ le iba enviando continuamente y sus histriónicos fraseos tratados por la station loop a sus pies, Quentin nos presentó por vez primera Dioses, Grrrrra, Tierra y Cambio climático, sin parar de interactuar con el público que abarrotaba la pista de coches locos. De camino al Teatro Alameda para continuar con el actual sonido psicodélico enraizado en la cultura sevillana clásica que allí íbamos a tener por parte de Derby Motoreta´s Burrito Kachimba, hicimos un alto en el escenario principal del boulevard para asistir a parte del divertido ceremonial de Bosco, la banda murciana tan ecléctica en sus referentes, que en un escaso margen de tiempo nos hizo respirar humeantes aires de reggae, puso a bailar a todos los congregados ante el escenario, con la gente girando abrazada en círculos concéntricos, algo que sonaba mucho a fiesta griega y puso punto final a su espectáculo con un ska multitudinariamente seguido.

Ya hacía varios días que la anunciada “banda sorpresa” para la sala Even había dejado de serlo, y conocíamos su nombre: Belako. Lo que sí fue una sorpresa muy desagradable es que su concierto había cambiado de hora e iba abrir justo a medianoche la recta final en las salas de la calle José Díaz, lo que nos privó de ver a un grupo tan interesante como de clara progresión porque era imprescindible presenciar el nuevo baño multitudinario de la que es, sin lugar a dudas, la banda del momento en nuestra ciudad. Ni siquiera la enorme suciedad de sonido que tuvo el Teatro Alameda durante el concierto de Derby Motoreta’s Burrito Kachimba empañó la fiesta y la kinkidelia volvió a extenderse entre todos los presentes, que llenaron el recinto y se sumaron al éxtasis de una banda a la que le espera un gran futuro tras la línea del horizonte. Tan magnéticos y explosivos como siempre, volvieron a abrasarnos con el Aliento de dragón, la vibrante Grecas, la trepidante Nana del caballo grande, la bestial Piedra de Sharon y El salto del gitano final que desencadenó la locura de otros saltos, empujones y vasos voladores vacíos de cerveza por suerte.

El éxodo al periférico trío de salas no se hizo esperar y rondando las dos de la madrugada la cola ante la sala X hacía imposible el acceso de más personas, ávidas todas ellas de estar en el fin de fiesta que iban a propiciar los Camellos aunque para eso tuviesen que tragarse el concierto de Da Loma, que todos los comentarios posteriores citaban de forma unánime como el fiasco del festival. Por suerte nosotros solo lo supimos de oídas porque preferimos la más tranquila sala Even donde todavía no habían comenzado St. Woods con su set de canciones que recuerda mucho a Bon Iver pero que no se queda en estereotipos cerrados, como demuestra el hecho de que terminasen con una versión muy cambiada y bien conseguida del Roxanne de The Police. El atractivo principal de esta banda madrileña radica en la hermosa voz de un cantante que además sabe usarla de forma mágica tanto en los gritos altos como en los susurros contenidos, y el respaldo de un batería, que usando elementos digitales tanto como los habituales analógicos en su set de percusiones, le da a la música una impresionante profundidad. El cantante, Nacho, terminó un poco mosqueado con la gente, que parecía tener más ganas de charla y fiesta que de música y se despidió dando las gracias tanto por escucharles como por no escucharles y todos, incluso ellos mismos, nos trasladamos de nuevo a la sala X, a la que ahora sí se accedía más fácilmente, para despedirnos del Monkey Week como marcan los cánones: sudando a chorros, con la sonrisa más radiante posible, los ojos iluminados y los oídos destrozados por los sonidos macarras de Camellos, que propiciaron una frenética respuesta del público, que hizo surfear por encima de nuestras cabezas no ya solo a los arriesgados participantes del moshing tan habitual en el festival este año, sino al propio bajista de la banda que ni siquiera así dejó de tocar ni un instante.

Y desde ese momento el recuerdo del Monkey que se quedaba atrás empezaba a ser reemplazado por la esperanza de que el próximo esté tan lleno de vida como este. Y así será, sin duda ninguna.

 

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