Clásica | Centenario Offenbach Mesié Offenbach que estás en los cielos

  • Se conmemora este año el segundo centenario del nacimiento de Jacques Offenbach (1819-1880), uno de los compositores más irreverentes y bienhumorados de la historia de la música

Jacques Offenbach (Colonia, 1819 - París, 1880) retratado por Nadar hacia 1860 Jacques Offenbach (Colonia, 1819 - París, 1880) retratado por Nadar hacia 1860

Jacques Offenbach (Colonia, 1819 - París, 1880) retratado por Nadar hacia 1860 / D. S.

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Orfeo y Eurídice se amaban apasionadamente. Pero eso fue hace tiempo. Desde que se casaron las cosas han ido de mal en peor. Él se ha volcado en su carrera de violinista y en sus amores con la pastora Cloe. Ella ha quedado prendada del pastor Aristeo y lleva tiempo solicitándole el divorcio. Pero Orfeo teme que el escándalo pueda perjudicarlo profesionalmente y elude el asunto mientras trata de calmarla con suaves melopeas de violín, que ella odia. Por eso, cuando se descubre que Aristeo es realmente Plutón disfrazado, y que ha venido a provocar la muerte de Eurídice para llevársela con él al infierno, todos se muestran felices. Orfeo se libra así de su antipática cónyuge, quien por su parte descubre que morirse no es tan malo cuando eres la novia del mismísimo dios del Averno. Todo parece ir sobre ruedas, hasta que la Opinión Pública descubre el pastel y reprocha a Orfeo su actitud, exigiéndole que baje al profundo Tártaro para recuperar a su esposa. A regañadientes, el músico no tiene más remedio que intentarlo, so pena de arruinar su carrera artística.

Así comienza una de las bufonadas más extraordinarias jamás concebidas en la historia del teatro musical. Se estrenó el 21 de octubre de 1858 en la Sala Choiseul de París con el título de Orphée aux enfers (Orfeo en los infiernos). El libreto había sido escrito por Hector Crémieux y Ludovic Halévy y la música era original de Jacques Offenbach. Después de peripecias varias, que incluyen una  rebelión contra Júpiter en el Olimpo, aburridos los dioses del néctar y la ambrosía siempre iguales, todo termina en el infierno con una gran fiesta en la que se baila un galop con la música que ha hecho inmortal al compositor, el famoso cancán.

Orfeo en los infiernos no es otra cosa que una parodia divertidísima y mordaz del Orfeo y Eurídice de Gluck (cuya música se cita en algunos momentos de la obra) con la que Offenbach pretendía dar un paso adelante en la explotación de les Bouffes-Parisiens, la marca teatral que él mismo había creado tres años antes en un pequeño teatro de los Campos Elíseos (donde estaba entonces, y hoy, el Teatro Marigny). En esos tres años, Offenbach había estrenado allí más de veinte óperas cómicas en un acto. Orfeo era, además de la primera en adentrarse en la mitología clásica, la primera que se estructuraba en dos actos. Era mucho más extensa que las otras y su música, más ambiciosa. El éxito fue apoteósico. La obra conoció 228 representaciones seguidas, en una época en la que un centenar se consideraba ya todo un triunfo, y volvió a reponerse a las pocas semanas. En 1874, Offenbach amplió la partitura, convirtiéndola en una gran opereta dividida en cuatro actos y doce cuadros y así la estrenó en el Théâtre de la Gaîté, con otro éxito extraordinario, que rompió todas las estadísticas de representaciones de la sala.

Aunque asimilado completamente a la cultura francesa, Jacques Offenbach era de origen alemán. Había nacido en Colonia en 1819, hijo de un profesor de música y cantor en una sinagoga, quien empezó por instruirlo como violinista. A los 9 años el niño cambió al violonchelo para así poder tocar en trío por los cafés de su ciudad natal junto a sus hermanos Julius e Isabella, que tocaban el violín y el piano respectivamente. En 1833 su padre llevó a los tres niños a París. Jacob consiguió un puesto en el conservatorio, pero allí estaría poco tiempo, pues enseguida se incorporó a la orquesta de la Opéra Comique. En 1838 dejó la orquesta y se introdujo en el mundo de los salones parisinos, donde solía formar dúo con su hermano. Como Jules et Jacques eran conocidos los dos jóvenes, que dieron su primer concierto público en 1839, el mismo año en que Offenbach escribió su primer vodevil.

Pronto su fama como virtuoso del violonchelo traspasó fronteras, y Jacques tocó por toda Europa con ilustres acompañantes, Anton Rubinstein, Franz Liszt, Joseph Joachim, Felix Mendelssohn... En 1844 se convirtió al Catolicismo y se casó. Su labor como compositor se reducía prácticamente a las piezas escritas para tocar en sus conciertos, pero Offenbach aspiraba a convertirse en un músico teatral de éxito. Sus primeros trabajos fueron muy poco valorados, pero el compositor no se rindió. En 1848, coincidiendo con el estallido revolucionario, volvió por algún tiempo a Colonia, pero en 1850 estaba de nuevo en París para asumir la dirección de la orquesta del teatro de la Comédie Française. Siguió escribiendo obras teatrales sin ningún reconocimiento, pero todo cambió en 1855, el año de la Exposición Universal de París.

Ese año alquiló un pequeño teatro de madera en los Campos Elíseos, el Marigny, y allí, bajo el nombre de Les Bouffes-Parisiens, presentó una temporada de obras cómicas breves que fue una de las sensaciones del año en la capital francesa. El éxito le permitió abandonar su puesto en la Comédie. En invierno se instaló en la Sala Choiseul para volver el verano siguiente al Marigny. En el invierno de 1856 se trasladó definitivamente a Choiseul. Aunque a Offenbach la licencia oficial sólo le permitía producir espectáculos breves y para tres actores como máximo, la relajación en el cumplimiento de la norma lo llevó a probar con el Orfeo en 1858. El impacto que produjo le dejó claro que ese habría de ser el modelo para futuros empeños, como demuestran sus grandes operetas de los años 60: La bella Elena (1864), Barba Azul (1866), La vida parisina (1866), La gran duquesa de Gérolstein (1867), La Périchole (1868), entre las más difundidas.

Nacionalizado francés en 1860, Offenbach llevó la experiencia de los Bouffes en giras por Inglaterra y Viena, donde conoció a Johann Strauss, quien sin duda fue influencia decisiva para sus operetas. Aunque en 1862 había abandonado la dirección de los Bouffes siguió escribiendo obras con esa marca, pero también para otros teatros de París. Tras la guerra franco-prusiana de 1870 y la efímera experiencia de la Comuna en la primavera del año siguiente, Offenbach comprobó que el gusto del público parisino había cambiado. En 1873 asumió la dirección del Teatro de la Gaîté, donde produjo la nueva versión de Orfeo en los infiernos y tuvo aún algún otro éxito, pero el fracaso rotundo de La haine de Sardou lo obligó a declararse aquel mismo 1874 en bancarrota. Volvió entonces a Londres y visitó Estados Unidos, participando en los actos de la Exposición del Centenario en 1876. A su vuelta a París aún gozó de noches de éxito. Murió en octubre de 1880 por una crisis cardíaca cuando trabajaba en la orquestación de su gran obra, Los cuentos de Hoffmann, ópera que acabaría estrenándose de manera póstuma en la escena de la Opéra Comique el 10 de febrero de 1881 terminada de orquestar por Ernest Giraud, quien también le añadió los recitativos.

Sólo por 'Los cuentos de Hoffmann', Offenbach merecería un puesto de honor en la historia de la ópera francesa

Sólo por Los cuentos de Hoffmann, Offenbach merecería un puesto de honor en la historia de la ópera francesa. La obra, en tres actos, prólogo y epílogo, cuenta con un libreto de Jules Barbier a partir de un drama que el propio Barbier y Michel Carré habían estrenado en el Teatro Odeón de París en 1851 basado en relatos del escritor y músico alemán E.T.A. Hoffmann. Las tres protagonistas femeninas (Olimpia, Antonia y Giulietta) que dominan y dan nombre a cada uno de los actos, se corresponden con otros tantos modelos de mujer, que Offenbach representa con tres estilos de vocalidad diferente (soprano ligera, lírica y dramática). El reto es encontrar a una cantante que se atreva con los tres papeles más el de Stella del epílogo, que integra las tres personalidades en una misma persona, lo cual es hoy bastante infrecuente (cuando el Maestranza programó la obra en marzo de 2001, la navarra María Bayo asumió los cuatro papeles). Los cuatro roles que representan a los diabólicos rivales de Hoffmann (Lindorf, Coppélius, Dr. Miracle y Dapertutto) están escritos para un bajo-barítono y sí se ajustan más fácilmente a la tesitura de un sólo cantante, que suele asumirlos todos (en el Maestranza fue Ruggero Raimondi). Para su gran desafío como compositor, Offenbach no renunció a los elementos típicos de opéra comique, que tan bien conocía, pero la obra está dominada en general por una escritura lírica de amplísimo vuelo, con toques dramáticos especialmente agudos en el acto de Antonia. Los cuentos de Hoffmann incluye además la pieza de Offenbach que, junto al cancán del Orfeo, ha conseguido trascender de los teatros de ópera al ámbito popular, la barcarola.

Offenbach tuvo la suerte de que el inicio de su proyecto de Les Bouffes coincidiera con el lanzamiento de la carrera de Ludovic Halévy (1834-1908), al que escogería como su principal libretista. Destinado a ser uno de los más importantes hombres del teatro musical francés de la segunda mitad del XIX, Halévy dio al compositor textos de una calidad que superaban con mucho a los de los vodeviles y óperas cómicas de su tiempo. Aunque la rapidez de escritura y la propia sustancia de sus composiciones teatrales (que pasan ampliamente del centenar), destinadas a un público esencialmente popular, no posibilitaron ni exigieron a Offenbach demasiadas sutilezas, sus melodías, aun apoyadas en armonías simples y funcionales, tenían siempre un encanto y un alma especiales y sus orquestaciones resultaban de tan extraordinaria habilidad para marcar los clímax teatrales como para diluirse en favor de las voces en las partes más líricas. El tratamiento paródico de los temas abundaba en citas, onomatopeyas, galimatías y juegos fonéticos de palabras, en los que el ingenio se sobreponía casi siempre a la banalidad. Offenbach supo mezclar el irreverente acercamiento a la mitología clásica con temas de actualidad, en los que habitualmente se satirizaban situaciones que tenían que ver con las altas esferas de la sociedad francesa del Segundo Imperio bien conocidas por el público, y en sus grandes operetas de la década de 1860 hizo todo eso compatible con una construcción más refinada de la psicología de los personajes y un tratamiento mucho más profundo de la dramaturgia musical.

Hoy, Los cuentos de Hoffmann sigue siendo obra de repertorio en todos los teatros importantes del mundo, y si grandes humoradas como La bella Elena, Orfeo en los infiernos o La vida parisina no se programan más fuera de Francia es quizás debido a ese prestigio siempre excesivo de los asuntos trágicos en la ópera. Hay tanta vida y ligereza y chispa y gracia y joie de vivre (y frivolidad, sí, también frivolidad) en las comedias de Offenbach que una mayor presencia en nuestras temporadas líricas debería llevar casi el sello de la prescripción médica. Si Orfeo sufrió en los infiernos por la condena de la Opinión Pública, monsieur Jacques Offenbach debería gozar de su aprobación en los cielos de la música.

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