Cultura

Dan a un yacimiento de El Ejido el nombre de la hija de su descubridor

  • Los dos cañones de hierro fueron localizados en el fondo marino frente a la costa de Almerimar · La Junta de Andalucía ha decidido llamar Candela a los restos que encontró el submarinista Luis Llop

El patrimonio arqueológico subacuático, uno de los más amenazados, también tiene sus benefactores. El buzo Luis Llop Cuenca localizó el pasado verano, de forma casual, dos cañones de hierro en aguas de Almerimar (El Ejido). Llop Cuenca actuó como debe hacerse en estos casos, informando de inmediato al 112 y aportando a los agentes locales toda la información necesaria para la localización del enclave. Tras los estudios arqueológicos necesarios, este yacimiento está hoy en día protegido y ha sido bautizado como Candela, el nombre de la hija del submarinista.

El buzo encontró dos cañones de hierro a 150 metros de la costa y a 2,9 metros de profundidad, en un fondo de arenas y piedras de pequeño tamaño en contacto con una pradera de posidonias. Tras las notificaciones pertinentes comenzaron los trabajos de inspección en el yacimiento por parte de técnicos del Centro de Arqueología Subacuática del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH) y de la Delegación Provincial de la Consejería de Cultura en Almería, que autorizó la actuación.

La primera prospección estuvo dirigida a investigar si existían restos arqueológicos asociados a las piezas de artillería localizadas. Se concluyó que no existían elementos que indicaran la existencia de un naufragio en el área prospectada, por lo que se determinó que el hallazgo se correspondía con restos aislados.

En una segunda fase se procedió a tomar medidas tanto de los dos cañones detectados como de las distancias existentes entre ellos, con el fin de poder realizar con posterioridad una planimetría de la zona. También se realizaron fotos de detalle, dado que la mala visibilidad impidió las fotos del conjunto. Aunque aún en fase de estudio que permita concretar su datación exacta, los primeros análisis apuntan a los siglos XVII o XVIII.

Los cañones de Candela se encuentran sumergidos en un medio adverso a su naturaleza, lo que ha provocado un deterioro en sus propiedades físicas y químicas. La oxidación ha generado en las capas más externas productos de corrosión, carbonatos, óxidos, sulfuros, que han modificado el aspecto exterior del objeto. Toda la superficie es así una costra de grafito que se ha sumado a depósitos de origen calcáreo, piedras y organismos biológicos para formar una gruesa capa de concreción o acumulación de partículas. Las piezas se han mimetizado con el entorno.

Los cañones presentan de este modo un aspecto muy erosionado y unas formas poco definidas. Esto lleva a pensar que, bajo la capa de concreción, el metal está muy deteriorado.

Con el paso del tiempo el proceso de deterioro de piezas como las halladas se estabiliza y la concreción forma un espacio estanco que aísla el metal del exterior. Sin embargo, en los cañones encontrados se observa que la cubierta uniforme ha sido destruida activándose de nuevo los procesos de corrosión. En concreto, en la boca de uno de los cañones, se observa un golpe y una concentración de herrumbre que indica una oxidación activa más reciente. El ciclo se cerrará cuando se estabilice nuevamente.

Morfológicamente los cañones han perdido detalle y apenas conservan una forma cilíndrica. Se ha perdido una parte importante de la superficie original quedando un delicado núcleo metálico, por lo que se decidió recomendar la conservación in situ de dichos bienes arqueológicos.

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