El arte de la viñeta

Made in Spain

  • Si cualquier humano tiene difícil identificarse con Superman, todo españolito sabe que oculta un Superlópez en sus adentros

Que la figura del superhéroe apenas haya gozado de predicamento fuera de los Estados Unidos es, me parece, sintomático. Por algo será, ¿no? En España, sin ir más lejos, la mayoría es consciente de que ni somos una superpotencia ni nuestra misión es salvar al mundo (y de los salvadores del mundo, líbranos señor). Esto no impide que abracemos amorosamente las criaturas encapuchadas Made in USA, quizás por nuestra predisposición a dejarnos engatusar por cuanto viene de América, la del Norte, y seguramente por el atractivo inherente a este vasto bestiario pop. Pero a la hora de la verdad, en este país dejado de la mano de Dios, si tenemos que vestir a alguien con traje de malla, una capa al viento y botas de caucho, no nos sustraemos a añadirle una buena narizota, un bigotito ridículo y lo llamamos López, sin complejos. Con Superman es difícil identificarse; sin embargo, todo españolito oculta, creo, un Superlópez en sus adentros.

El dibujante Jan (seudónimo de Juan López) ideó esta parodia del gran héroe americano para una serie de tiras cómicas publicadas por la editorial Euredit en 1973. Al año siguiente, el artista y su criatura fueron reclutados por Bruguera, en donde Superlópez siguió protagonizando historietas cortas. Sin embargo, la buena acogida dispensada llevó a Jan, con la complicidad del guionista Francisco Pérez Navarro, a desarrollar el personaje, a crearle una circunstancia. El cedazo paródico siguió siendo determinante. Superlópez provenía del planeta Chitón. De niño, el travieso Jo-Con-Él se introdujo en un cohete paterno, atravesó el cosmos y vino a parar a estos rastrojos nuestros, donde fue acogido por una familia de Lérida. De adulto, adoptó la identidad del esmirriado y miope Juan López (curioso caso de desdoblamiento), que no simula ser un gris empleado, lo es, mientras se dedica a provocar un entuerto tras otro en el intento de deshacerlos. Superlópez puede volar, faltaría más; tiene una fuerza sobrehumana, útil mayormente a la hora de recibir guantazos, además de una supervelocidad que, alguna vez, ha puesto en práctica para escapar del rival. También tiene novia formal, Luisa Lanas (trasunto de Lois Lane, la novia de Superman), un tanto marisabidilla y marimandona.

Además de una parodia ejemplar, Jan hizo de Superlópez un reflejo hiperbólico de la realidad patria. O sea, hizo de él la caricatura de un personaje de ficción, pero también la caricatura del ciudadano de a pie. No nos sorprende, pues, que Superlópez llegue con seis horas de retraso al lugar de los hechos, ni que haga un alto en la batalla y reponga fuerzas con un bocadillo de chorizo, ni que se quede dormido mientras sobrevuela la ciudad: a ver, después de estar el día entero dale que te pego, ¡quién es el guapo que aguanta en vela toda la noche! Los supervillanos son harina del mismo costal. En cierta historieta, Superlópez se encuentra a un científico que ha elegido la senda del crimen porque, sabe usted, los recibos de la luz llegan cada fin de mes, y hay que pagarlos, ¿no? Nada de conquistar el mundo; los malos malísimos, aquí, lo único que ambicionan es llegar a fin de mes.

El zoo se ha ampliado a golpes de porompompero y en las viñetas de Jan (que han ganado en redondeces, exuberancia y sofisticación) han comparecido tipos como Capitán Hispania, un remedo ibérico del Capitán América con la bandera rojigualda cosida en el pecho; El Bruto, una versión albañilera de La Cosa; Latas, imitación chusca de Iron Man; o La Chica Increíble, una trasposición al universo marujil de Jane Grey, la chica de X-Men, cuyas armas son rulos, laca y un secador para el pelo. Todos juntos formaron el llamado Supergrupo -réplica castiza de La Liga de la Justicia, Los Vengadores y otras camarillas de corte similar- y sus aventuras se encuentran entre lo más descacharrante que ha firmado Jan. Como buen superhéroe, Superlópez ha sobrevivido a cataclismos de padre y muy señor mío; sobrevivió, por ejemplo, al desguace de la editorial Bruguera y a la extinción de publicaciones dedicadas a la historieta nacional, y en la actualidad la serie sobrepasa el medio centenar de álbumes.

¿Una moraleja? Dos mejor que una. La primera, que acaso cada país tenga los superhéroes que se merece. La segunda, que reírse de uno mismo es un ejercicio de lo más saludable.

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