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Cultura

Manuel Peñalver recibió la placa ‘Juan Valera’ por un artículo publicado en Diario de Almería

  • ‘Juan Valera y el nuevo periodismo’ se publicó el 19 de octubre de 2018 en el periódico

Manuel Peñalver recibiendo la placa ‘Juan Valera’. Manuel Peñalver recibiendo la placa ‘Juan Valera’.

Manuel Peñalver recibiendo la placa ‘Juan Valera’.

Manuel Peñalver recibió la prestigiosa placa Juan Valera por artículos publicados en Diario de Almería y El Mundo. Pensando en lo que pudo ser y fue, la métrica del recuerdo, que se detiene en los instantes borgeanos de la memoria del universal escritor egabrense, nos acerca a los artículos, por los cuales Manuel Peñalver, columnista de Diario de Almería, fue reconocido con la prestigiosa placa Juan Valera.

Este preciado galardón le fue concedido por la concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Cabra y la Fundación Cultural Juan Valera por el artículo La obra periodística de Juan Valera, publicado en el diario El Mundo, E M 2 Cultura, el jueves, 21 de mayo de 2015, y por el artículo, Juan Valera y el nuevo periodismo, publicado en la tribuna de Diario de Almería, el sábado, 19 de octubre de 2018. Ambos artículos fueron reproducidos por la FAPE. En la placa se hace constar ‘la contribución de estos artículos al estudio y divulgación de la obra periodística del ilustre polígrafo cordobés’.

Este es el texto del artículo, publicado en Diario de Almería: Un escritor para la historia esculpió la polifonía de un estilo en las páginas de un diario para declinar la sintaxis de los días en el olor a metáfora recién salida del diamante que tiene la columna. Sus textos infunden una clarividencia proverbial y una luz inconfundible a esa hora del alba, prolongada, infinita, inextinguible, que se adentra en la existencia. El Valera periodista es sabiduría y crónica. Por ello mismo, en una historia de la prensa en España, su obra periodística merece ser rescatada y valorada como espléndida lección en las mañanas del mundo que alzan su voz. Sus artículos son un manantial de elegancia helénica, donde la prosa, con su ademán fugitivo, inmortaliza, perpetúa y eterniza el idioma. En una carta-dedicatoria a Ida de Bauer escribía que fue primero poeta; luego, periodista; luego, crítico. Y, al cabo, trató de figurar como novelista.

Esta prosa adiamantada recorrió los senderos de Ítaca en los más prestigiosos diarios y revistas de la época. Así, escribe en La Alhambra entre 1840 y 1842, La Tarántula de Granada, en 1842, El Pasatiempo de Granada, en 1845, El Siglo Pintoresco, entre 1845 y 1846, El Heraldo, en 1849, El País, en 1850, la Revista Española de Ambos Mundos, de 1853 a 1855, el Semanario Pintoresco Español, entre 1854 y 1856, la Revista Peninsular, de 1855 a 1856, la Gaceta de Madrid, en 1856. En El Estado, donde colabora de 1857 a 1859, escribió artículos de literatura, de filosofía y de política. Sus textos acuden a nuestra memoria como si fueran poemas que perduran en su métrica. Valera es antología de un concepto que nace en Quevedo y Larra y se proyecta en Camba, González-Ruano y Umbral como un recuerdo que traen las horas. Leerlo es una hermosa aventura textual que nos aproxima a los instantes que hacemos nuestros en el horizonte en el que el día teje su odisea.

La concepción del periódico como proyecto intelectual se manifiesta en su discurso académico «El periodismo en la literatura», pronunciado el 13 de noviembre de 1898. «En la mente de estos lectores se despierta o se aviva el apetito de leer, y por haber leído periódicos, acaban por buscar libros y leerlos». Tino, buen gusto, ingenio y originalidad en el arte de redactar un español tan cincelado formalmente; tan natural y sobrio; tan clásico y puro. Para tildar las sílabas del hexámetro soñado. Así caligrafió Valera la universalidad en los periódicos. Mimando, acariciando, amando las palabras como mimó, acarició y amó a una mujer: Madeleine Bröhan. Sublime antología de los instantes más enamorados. Hermoso fragmento robado por la literatura a la vida. Llama de amor, prolongada, que nunca se extingue. Epístola mirífica que guarda siempre la memoria. Abecedario de una pasión en el flash-back del lenguaje. Diario íntimo del monólogo interior. Tan prodigioso. Tan distinto. Tan indefectiblemente único.

Hemingway, Dos Passos y Scott Fitzgerald. Truman Capote, Wolfe y el gran Talese. Y Valera. Entre Larra y Kapuscinski. Entre Quevedo y Umbral. Escribiendo en un periódico con el halo de la literatura. Hasta superarla en su repentino silencio. Juan Valera es el recuerdo de una escritura que siempre vuelve en sí misma. Como un prólogo y un epílogo que se reconocen hasta confundirnos y maravillarnos en la cercanía, que, definitivamente, espera. Hasta hacer realidad aquellas palabras de Arthur Miller: «Un periódico es una nación hablándose a sí misma». Y, ahora, la remembranza del humo de las chimeneas; de los tonos de la hierba retoñada; de la paleta de colores que no sabemos identificar; de los parrales de las huertas; de las ristras de ajos; de la tomiza de esparto; del carburo; de las noches sin luz. Del vuelo de los zorzales, con el anochecer al fondo. De la voz de la brisa, callado el silencio. Del azul violeta de la aceituna, que cae del olivo como una lluvia antigua. De ese pasado, que todavía conjugamos, la soledad diciendo. Perdidas las palabras. Hasta caligrafiar en la huella de los instantes lo que Bend Bradley eternizara como la métrica que nunca se entrega al olvido: «El fundamento del periodismo es buscar la verdad y contarla».

La historia de la literatura brilla en el hijo predilecto de Cabra como el mar de Ulises. Pero también, la historia del periodismo. Sus cartas son la prosa más hermosa. Sus artículos, páginas adelantadas del nuevo periodismo. Y sus novelas, la ficción de lo real. Con una pluma que es melodía. El Valera novelista. El Valera poeta. El Valera epistológrafo. El Valera ensayista.

Y el Valera periodista. Siendo personaje y narrador como Tom Wolfe donde sucede la diégesis. Entre un siglo y otro, es «el río interminable que pasa y queda». Su nombre resplandece como un soneto. Tan cerca de los caminos por donde andaban don Quijote y Sancho.

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