Cultura

Michael, el niño que removió el planeta

El zombie de Thriller siempre estuvo expuesto a las miradas, a la admiración y también a todas las palabras posibles de los demás. Una sobreexposición aún mayor que a las que se sometía en aquella cámara hiperbárica, con la que aspiraba a ser eternamente joven. Jackson se nos murió una noche de estas, en que sólo internet llevaba puestos los tirantes, de un ataque hipocondríaco. Refugiado en sus terrores infantiles y en sus injustificados presentimientos, hoy entierran a aquel niño que maltrataba su padre hasta la extenuación para que brincara en el escenario como un caniche. Lo convirtió en un peterpan siempre en deuda consigo mismo, permanentemente preocupado por su sombra, jaleada por los peloteros. Hoy el planeta entero se va de duelo. Unos vivirán con más intensidad que otros la presencia del inesperado ataúd, cuyo inquilino sigue convirtiendo en dinero todo lo que está unido a su nombre. Hay tipos que ahora mismo están forrando con la venta de las entradas gratuitas para estar cerca en el adiós a la silueta, al parco dibujo, en que quedó convertido aquel vivaracho adolescente que le echaba la culpa al boggie. La culpa la tuvo él mismo y todos los que le rodearon: interesados, enemigos, curiosos, comebilletes y amigos con poca fortuna.

Michael dice adiós de perfil. Es ya un fantasma de la memoria al que la prensa ha tratado en sus últimos días como vivió sus últimos años: carne de noticia sin contrastar, exceso en la adjetivación por activa y por pasiva y valoración gratuita de sus acciones y sus omisiones.

Michael se muere endeudado, pero otros vendrán a zapatear sobre su tumba para festejar los futuros beneficios. Llegarán las reediciones, las versiones y, por ejemplo, esas biografías en literatura, cine y televisión que nos amenazan con sacar al aire la verdadera persona y al ficticio personaje que se afanaba en agarrarse a la entrepierna.

El planeta prepara la marcha fúnebre a ritmo de funky para aquel niño que nunca pudo serlo.

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