Muere Manuel Alcántara La columna como patrimonio cultural

  • Con el poeta Manuel Alcántara se despide una forma de hacer, entender y vivir el periodismo; queda, a cambio, la consolidación del artículo como género literario en España

Manuel Alcántara, en una de sus últimas comparecencias en público. Manuel Alcántara, en una de sus últimas comparecencias en público.

Manuel Alcántara, en una de sus últimas comparecencias en público. / Javier Albiñana (Málaga)

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Primero fue el poeta: aquel joven que había venido al mundo en la calle Agua el 10 de enero de 1928 escribía y daba a conocer sus primeros versos en el 51 en las tertulias del madrileño Café Varela, donde antes de la guerra departieron los hermanos Machado, Unamuno y León Felipe y ahora eran un puñado de poetas y periodistas los que a duras penas mantenían viva aquella llama ya, cuanto menos, tristona y dudosa. Allí trabó amistad con Antonio Mingote y Julio Camba un Manuel Alcántara decidido a abrirse camino como poeta. Aquellos primeros versos cristalizaron en 1955 en su primer libro, Manera de silencio, que obtuvo el Premio Antonio Machado en 1955. También tentó el malagueño la suerte con el teatro, con algún estreno durante aquellos años en el Chapí que no fue a mayores. El porvenir quedaba despejado a mayor gloria de la poesía: en 1962 llegó el Premio Nacional por Ciudad de entonces, cuando Alcántara ya había publicado El embarcadero (1958) y Plaza Mayor (1961). En 1958, sin embargo, Alcántara aceptó como compañero de viaje al periodismo, primero en el Semanario de los Estudiantes Españoles y poco después en Arriba, donde ya destacó como uno de los articulistas más certeros, capaces y afilados del periodismo español. Su éxito ganó otros cauces posteriormente en cabeceras como Pueblo, Ya, Marca, La Hoja del Lunes y Época; su llegada al grupo Vocento como columnista se tradujo, al fin, no sólo en la consagración de Manuel Alcántara como el columnista español más importante de su tiempo: también de la propia columna periodística como patrimonio cultural de su país.

Con la muerte de Manuel Alcántara desaparecen más de un hombre: el poeta decisivo, el maestro de periodistas y el autor que supo recoger las mejores esencias de una Generación del 98 que había sido escrita principalmente en periódicos para vincular lo uno y lo otro, para reconocer lo literario en lo periodístico y viceversa, a imagen y semejanza de Chaves Nogales y el citado Julio Camba, mucho después de que cierta pandilla de jóvenes inquietos estadounidenses creyeran que inventaran algo con aquello del nuevo periodismo. Aunque admitiera no hace mucho que "lo milagroso es seguir escribiendo poesía con más de ochenta años", y más aún en su caso, dado que "el periodismo se lo traga todo: si tienes una pequeña idea, se va en el artículo", Manuel Alcántara nunca dejó de ser poeta. Lo fue en sus versos y también en sus columnas, en las que logró bordar una síntesis de humanismo, estoicismo y los mejores ismos de la tradición literaria española con la actualidad más candente como argumento y excusa.

Pero también muere con Manuel Alcántara una forma de hacer, vivir y sentir el periodismo: el que trasladaba a la mancha impertinente de la imprenta el pulso más vivo de aquellas tertulias, la crudeza del ring, la tristeza de la calle, la sombra de los don nadie, la crónica irreversible de los perdedores, la cadencia de ciudades tomadas en peso en la nocturnidad y la alevosía de aquellas viejas redacciones que olían a tabaco y a carcoma. Al mismo tiempo, eso sí, queda para siempre la constatación de que el artículo periodístico no es un convidado de piedra entre los géneros literarios: tiene garantizado su permanencia entre ellos gracias al oficio, artesano y sereno, de un malagueño que supo ser, en la más amplia acepción de los términos, ciudadano del mundo. Sin ir más lejos, cuando el Centro Andaluz de las Letras reconoció recientemente a Manuel Alcántara como Autor del Año, lo hizo, principalmente, y de la mano de Juan José Téllez, en virtud de su escritura periodística: un quehacer volcado en más de 22.000 artículos donde la poesía, también, nos alumbra y nos rescata. Se ofrece al lector en la misma señal de amistad y entendimiento que pretendió en el siglo XVI un señor llamado Michel de Montaigne.

La obra de Manuel Alcántara ha sido objeto de tesis doctorales y de un largo recorrido de reconocimientos: el Premio Luca de Tena (1965), el Mariano de Cavia (1975) y el González-Ruano (1978) certificaron la altura de su cátedra periodística, aunque también cabe señalar títulos como los de hijo predilecto de la ciudad de Málaga (1983), hijo predilecto de esta provincia (1999), la Medalla de Andalucía (2000) o el de doctor honoris causa por la Universidad de Málaga (2000), además de la Orden de Isabel la Católica. En 2017, además, el diario Málaga Hoy concendió a Alcántara el rango de Malagueño de Hoy. En Málaga, un premio de poesía (el de mayor dotación a un solo poema, cuya última edición se convocó recientemente) y otro de periodismo llevan su nombre, así como una Fundación consagrada a la proyección del periodismo contemporáneo. Pero no hay mayor galardón que la aceptación de que la cultura española ha perdido con Manuel Alcántara a uno de sus más singulares, influyentes y eficaces artífices. La pervivencia de su obra es, en todo caso, inevitable y, como quiso Séneca, consoladora. 

   

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