Cultura

El mundo de la cultura almeriense despide con mucha tristeza a Capuleto

  • En la misa funeral estuvo arropando a la familia el alcalde, Luis Rogelio Rodríguez · Muchos amigos del fallecido le dieron su último adiós en la parroquia de San Sebastián

Muchos amigos y personas vinculadas al mundo de la cultura despidieron ayer a Francisco Capulino, Capuleto, uno de los mejores artistas que ha dado Almería, fallecido el pasado jueves en su domicilio de Almería. Perteneciente al Grupo Indaliano, todos los que le conocieron coinciden en que “era una gran persona y un artista irrepetible”.

La misa por el alma de Capuleto tuvo lugar ayer en la parroquia de San Sebastián. La homilía fue oficiada por Ginés García Beltrán y contó con un testigo de excepción, como es el padre Bartolome Marín, muy amigo de Capuleto. Precisamente, fue Marín el que durante la homilía, en ciertos momentos se emocionó al hablar de su amigo fallecido. “Capuleto murió invocando a Dios”, dijo.

El sacerdote subrayó que “Capulino era un hombre de mucho prestigio entre los mismos indalianos. Su pintura era moderna y actual. En Madrid se juntaba con los mejores pintores del momento. Era un hombre con una obra muy vanguardista. Nunca fue un hombre vulgar sino que tuvo mucho prestigio en el mundo de la pintura”.

En las primeras filas del templo se encontraba los familiares del fallecido. Su esposa Lucía, acompañada de sus hijos Francisco, Jorge y Alba Lucía. En otro banco se encontraba el alcalde de Almería, Luis Rogelio Rodríguez Comendador acompañado por la concejal de Cultura de Almería, Lola de Haro y la concejal de Cultura de Roquetas de Mar, Eloísa Cabrera.

Entre los amigos de Capuleto que se encontraban en el templo estaban Julio Visconti, Carlos Pérez Siquier, Antonio López Díaz, Marco Rubio, Dionisio Godoy, Carmen Pinteño y María del Mar Perceval, entre otros.

También se vieron en el funeral la diputada de Cultura, Caridad Herrerías  que estuvo acompañada de la delegada de Cultura, Yolanda Callejón.

Antonio Acosta, Garzolini, pintor almeriense, señalaba que “era un hombre con una visión extraordinaria y con una técnica aún mejor. Sentimos todos mucho su muerte”. Emilio López Úbeda, El Moro, discípulo de Perceval, explicaba que “su pintura es irrepetible. Era muy original pintando”.

Juan Morante, artista y ex director del Centro de Arte Museo de Almería, expresaba que “siempre aprecié mucho a Capuleto. Rezumaba inteligencia por todos los lados. Para mí es el mejor artista de Almería”.

El alcalde de Almería, Luis Rogelio Rodríguez elogiaba ayer la figura y la obra de Capuleto y subrayaba que “sería importante en el futuro hacer una gran exposición con la obra de Capuleto porque sus obras son excepcionales y de esa manera se le rendiría un gran homenaje y también serviría para que los almerienses pudieran contemplarla”.

Capuleto había nacido en 1928 en Almería. Estudió en la Escuela de Artes y formó parte de los jóvenes pintores que siguieron la llamada de Jesús de Perceval, fundador del movimiento indaliano.  

Así, el artista participó en la exposición indaliana en el Museo de Arte Moderno de Madrid en 1947 y en el VI Salón de los Once de 1948, “la gran consagración indaliana”. Así, en 1950 marchó becado a Roma y posteriormente vive durante una década en Venezuela, tras lo que regresa a Almería en 1965 donde construyó y dirigió el Hotel Indálico.  Según María Dolores Durán Díaz, se trata del pintor indaliano con menor producción artística en exposiciones aunque “su pintura siempre ha estado muy bien valorada por la crítica”.

Sus principales obras pertenecen a la década de 1950 “en la que se refleja siempre un tormento que no deja atónito al espectador”. Entre sus primeras obras, datadas en la década de los años 40, destacan figuras muy estilizadas, de pinceladas angelicales en los colores y en las formas, muy al estilo de Modigliani, que le valieron el entusiasta apoyo de los críticos de la época, que lo consideraron el joven indaliano “más aventajado”. Sin embargo, esa pintura, “casi sin solución de continuidad” dio paso a una segunda etapa a mediados de los años 50 donde las sensaciones predominan a las formas y la línea pierde contornos. “Su temática se vuelve irreal, enmarcando objetos caseros, o cotidianos en una irrealidad descarnada y cruda”, dice Durán.

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