Es poco probable el ascenso del Almería y no sólo de manera directa. Parece incluso más fácil hacerlo por ésta que en una promoción en la que llegan otros con inercias más positivas (en las últimas seis temporadas, sólo un tercero, caso del Getafe de la 16-17, ascendió por las eliminatorias). Es poco probable que ascienda un equipo que apenas hizo una pretemporada al uso, empezando a cambiar a más de la mitad de la plantilla dos semanas antes de comenzar el campeonato. Es poco probable que ascienda un equipo con un entrenador despedido con el equipo en segunda posición, con lo que ello conlleva a nivel de presión y ansiedad. En este sentido, se cuentan con los dedos de una mano los futbolistas que tienen la experiencia de un ascenso. Es poco probable que ascienda un equipo que sufrió once movimientos en la ventana invernal, máxime cuando el rendimiento de las entradas no ha superado al de las salidas. Es poco probable que ascienda un equipo en el que algún que otro jugador recrimina acciones a sus compañeros de manera pública en mitad del verde. Es poco probable que ascienda un equipo que da sensación de fragilidad defensiva constantemente (difícil de explicar que sólo cuatro rivales hayan encajado menos). Es poco probable que ascienda un equipo que mudó de un modelo de juego reconocible a otro en el que no supo a lo que jugaba con el cambio de entrenador, sin tener la solución a cómo hincarle el diente a equipos con bloque bajo. Es poco probable que ascienda un equipo que no da el golpe definitivo desaprovechando los numerosos pinchazos de los rivales directos. Es poco probable que ascienda un equipo en el que en superioridad numérica y ganando defienda el resultado como en Anduva, sin practicar ese otro fútbol clave para ir de tres en tres. Pero del poco probable al imposible hay un mundo. Y el fútbol no entiende de imposibles...

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