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Biden y la mujer negra

El que dentro de tres meses exactos, 4 de noviembre, puede ser el hombre más poderoso de la tierra, es decir el presidente de Estados Unidos, escogerá esta semana su candidato a la vicepresidencia. Será, casi con toda certeza, una mujer y de color (negra).

La vicepresidencia de Estados Unidos es un cargo ridiculizado a menudo en el pasado, se ha dicho que era "un cero a la izquierda que estaba a un latido de corazón de ser presidente", afirmación que resultaba correcta, el vicepresidente no tenía prácticamente cometido pero la muerte por causas naturales, 4 presidentes en el siglo XIX y Roosevelt en 1945, o de forma violenta, McKinley en 1900 y Kennedy en 1963, auparon a la presidencia a sus lugartenientes. No siempre bien preparados: cuando Truman entró en la Casa Blanca después del fatal derrame cerebral de Roosevelt no estaba al corriente de los planes para la postguerra tejidos por su jefe con Stalin y Churchill y poseía un escaso conocimiento de la bomba atómica que el decidiría lanzar sobre Japón tres meses más tarde hace ahora justamente 75 años.

La situación ha cambiado en la elección y en las competencias del cargo. A principios del XIX los electores escogían separadamente al presidente y al vicepresidente. Al pasar a ir ambos en la misma lista los partidos imponían a los candidatos presidenciales el nombre de su compañero. En 1940, Roosevelt, que gozaba de un enrome prestigio después de haber ganado dos elecciones, estableció, con escasa oposición, que los candidatos a presidentes pudieran escoger a su vice. Así ha permanecido.

Durante décadas, el vicepresidente era una figura decorativa (cuando al final de su mandato pidieron a Eisenhower que mencionara una propuesta o iniciativa importante de su vicepresidente Nixon en los últimos ocho años, contestó sorprendentemente, y sin el menor tacto, dado que Nixon andaba en la carrera presidencial frente a Kennedy: "déme una semana y quizás le podré responder"). El bueno de Eisenhower nunca respondió y Nixon perdería la elección probablemente en el ahora famoso debate televisivo con el carismático Kennedy (sin contar las trampas que el padre de éste logró hacer en el recuento de votos de Chicago).

La importancia del vice se limitaba en buena medida a que en caso de empate en el Senado, que también preside, tenía el voto dirimente. Ahora, su papel y prestigio han crecido considerablemente. Ha sido institucionalizado. Tiene el despacho en el Ala Oeste de la Casa Blanca, abundantes y cualificados colaboradores, acceso a información clasificada, el Air Force Two para sus desplazamientos, residencia oficial y entrevistas regulares con el presidente que le confía el seguimiento de importantes temas, incluso de política exterior. Clinton entregó a Gore la supervisión de las relaciones con Rusia, Obama a Biden las de China y Ucrania , etc…

El boato, la visibilidad ante la prensa, las nuevas competencias aunque no consten en la Constitución, da al vicepresidente una enorme visibilidad que pueden constituir un buen trampolín para lograr la presidencia cuando el jefe desaparece. Puede, porque funcionó con Bush padre, vicepresidente con Reagan, pero no con el preparado pero envarado Al Gore que perdió ante Bush junior después del controvertido recuento de votos en un Estado decisivo, Florida.

Los presidentes ahora buscan en su vice la eficacia en los temas que se le encomienden y, sobre todo, como siempre, la lealtad y lo que le aporta electoralmente. Un candidato presidencial supuestamente progre o de mediocre atractivo entre las minorías que cuentan, los negros o los hispanos, debe equilibrar la balanza escogiendo alguien aparentemente más conservador y que por su pasado haga tilín a las minorías (hispanos y negros acuden menos a las urnas que los blancos pero su voto empieza a ser decisivo en elecciones reñidas).

Y este es el dilema que enfrenta a Biden, que en estos momentos cuenta en los sondeos con una media de 7 puntos por delante de Trump. Por las manifestaciones del candidato y por el momento político, irritación de no pocos negros e hispanos con el presidente, la fuerza hoy del movimiento Black Lives Matter…, Biden, demócrata clintoniano, es decir socialdemócrata moderado, va a optar por una mujer y posiblemente de color. Dada la edad del candidato, 78 años, podría sucederle en la presidencia, si triunfa en noviembre, y lograr lo que Hillary Clinton no consiguió, ser presidenta de los Estados Unidos.

Las candidatas que van en cabeza, ambas con sangre negra, son, de un lado, Kamala Harris, senadora por California, telegénica y preparada. Su handicap: fue dura con Biden en las primarias, pero el favorito parece haberlo olvidado. De otro, Susan Rice, antigua embajadora en la ONU, Asesora en Seguridad Nacional con Obama, despachaba esta materia casi diariamente con Biden como vicepresidente, experta en política exterior, ha sido incisiva con Trump en artículos sobre Rusia. Posibles handicaps: no ha participado en ninguna elección, pueden buscarle las cosquillas en alguna declaración de la época de Obama (nada grave), tiene menos gancho con los negros que Harris.

Los papas de los pronósticos creen que si Biden quisiera cumplir sólo un mandato la candidata sería Harris. Si dos, Rice. Yo, monaguillo, opino que querrá dos y que si Michelle Obama se lanzara a la pista sobrarían las otras dos. Incluso Biden.

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