Déjà vu es una técnica ya muy vista: la mejor defensa es un ataque. Pero incluso esa técnica tan conocida hay que hacerla con inteligencia, no de la forma tan burda como ha planteado el Gobierno la sesión de control.

Fue hiriente que no respondiera ni a una sola de las preguntas que le hizo la oposición, ni una, aunque formularon las que se hacen todos los españoles. Hiriente que la única reacción fuera exigir unidad ante un supuesto pacto de reconstrucción, aunque sin especificar cómo se planea ese pacto. Hiriente la complacencia que mostraron el presidente y sus ministros. Déjà vu también las manipulaciones de Tezanos. Cualquiera que pise habitualmente la calle y que hable con conocidos estos días en los que no la puede pisar, sabe que multitud de votantes del PSOE lloran de dolor y de rabia por el engaño, que quieren un Gobierno de unidad, pero sin la presencia de un nefasto Pablo Iglesias y, a ser posible sin la presencia de Sánchez también.

La oposición debe guardar sus cartas más duras para cuando pase la crisis, pero mientras no llega ese momento, no puede dar luz verde a un Gobierno que ha hecho de la incompetencia su virtud y que pretende un supuesto pacto de reconstrucción para perpetuar las políticas que más daño han hecho nunca a los españoles.

Fue hiriente presentarse en el debate como el salvador de la patria mientras que todos y cada uno de los parlamentarios de la oposición era unos irresponsables que poco menos que disfrutaban con la catástrofe humana y económica que sufre el país porque así tenían argumentos contra el Gobierno.

O conmigo o contra mí, era lo que transmitían los gobernantes. Una estrategia que se notaba de lejos que estaba coordinada de antemano y que ha sido una absoluta falta de respeto no sólo para los miembros de la oposición, sino para los millones de españoles que solo saben llorar.

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