Las comparaciones son algo innato al ser humano, educado en ello desde bien chico. No tiene mérito haber sacado un 8'5 de un examen de divisiones con dos cifras en el divisor, ya que el colega del pupitre contiguo ha logrado medio punto más. A veces hasta es bueno competir para mejorar, siempre que se trate de una comparación sana. No lo es el debate (si se puede denominar así) surgido tras la final de la Supercopa femenina, cuando las futbolistas del Barcelona, que previamente habían goleado (7-0) al Atlético, mantearon a Virginia Torrecilla, quien regresaba al verde después de haber superado su cáncer diagnosticado dos años antes. Por cierto, es curioso que la RFEF organizase el torneo en Las Rozas, aunque eso da para tema aparte. El manteo a Virginia, catalogado como uno de los más bonitos de la historia del deporte, debería haber sido un ejemplo de congregación de valores y haber quedado ahí. Pero salieron los listos de turno, hombres incluidos, para llevar el hembrismo a la máxima potencia y realizar comparaciones absurdas con el fútbol masculino; política de por medio incluso sin importarles para ello usar un ejemplo tan emocionante como el de la centrocampista.

No es cuestión de enumerar gestos deportivos en el mismo deporte practicado por hombres. Pero este periodista no vio a las mismas hienas hablar, por ejemplo, del pasillo que realizó el Ajax esta misma semana para ovacionar a David Plank, quien está recibiendo quimioterapia por un cáncer en el peroné. Probablemente estos acomplejados buscan una comparación inexistente con el único objetivo de dividir y restar en vez de sumar, objetivo real de esa causa de la que malamente hacen gala. Nada nuevo en esta sociedad, en la que en el ejemplo que debería ser el Congreso, apenas hay una iniciativa constructiva por cada 99 descalificaciones al otro partido político. Quizás es hora de darse cuenta de que se están riendo de nosotros y lo permitimos.

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