La ilógica y la polémica son consustanciales al fútbol. Se quiera o no, se trate de corregir, suavizar o anular con la aplicación del VAR, remedio que no siempre lo es, estas dos variables van unidos al balompié como el cordón umbilical de un recién nacido a su madre. Pero lo de la Segunda División es otra cosa. Rompe todos los esquemas. Estamos ante una categoría imposible de descifrar, donde todo es posible, y donde el que más cree saber no sabe nada. El partido Deportivo-Fuenlabrada no es sino el penúltimo capítulo de su particular antología del disparate. No hablo de la sinrazón, el oportunismo y los comunicados cargados de interés que se han sucedido a raíz de su suspensión. Aludo la fuerte carga de ilógica antes de su aplazamiento, y con muchas probabilidades, de su no celebración en el día de hoy. El Deportivo de La Coruña, el único club de esta Segunda con una Liga en sus vitrinas, se quedó a un gol de subir a Primera División el curso pasado.

Partió como un serio favorito y puede acabar con sus huesos en 2ª B si el fútbol subterráneo, el de las zancadillas alegales, no lo remedia. El Fuenlabrada encarna el lado opuesto, el de un club modesto que oposita al ascenso a Primera, por la vía de la fase de promoción, en su estreno en la División de Plata.

Choca y suena a raro hasta el simple enunciado. Es más, parece una anomalía del sistema. Lo puede parecer, pero no lo es. El Oviedo o el Recreativo pasaron de Primera a Segunda B en una década. En el caso del Córdoba, con un 'play off' de ascenso por medido, el tránsito entre el cielo y este infierno se ha reducido a la mitad.

Más cruel es el del Rácing que ha encadenado cuatro descensos desde la 2011-12, su última campaña en Primera donde militó durante 44 Ligas. Esta Liga despiadada no perdona a nadie ni históricos ni histéricos.

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