Perdón. Es lo primero que tengo que decir. Porque esto que estoy haciendo es lo que más desea Ibán Salvador. Que se hable de él otro día más. Pero tras ver la decisión del Comité de Competición de no quitar ninguna tarjeta amarilla ni a Sadiq ni a Balliu tenía que tocar este temita. Esta semana hemos presenciado como este susodicho se ha ganado el aplauso fácil de un público alejado de lo que ocurrió en el partido, aunque aquellos que presenciaron el bochorno de sus lamentos, quejas y convulsiones varias, sabrán la verdad. Y es que ha dejado de lado lo que pasó en el encuentro por ese vomitivo mensaje que le enviaron por las redes sociales. Un texto deleznable y repulsivo propio de una persona sin escrúpulos. Ahora, lo que tampoco es coherente es escudarse en ese rechazable comentario para tapar lo del sábado. Ya se ha prodigado lo suficiente por todos los medios que le han dado cabida a sabiendas del potencial de una historia victimista. Nunca un villano fue tan villano como Ibán Salvador. Es la representación de lo que nunca debe ser un deportista. Su actitud infame sobre el terreno de juego, con acciones propias de un fútbol que rezuma bastante a viejuno, es para replantárselo, tanto el club como él. El mayor de los problemas es que todo estaba acompañado del beneplácito del colegiado, que pitaba a favor de un oleaje favorable. En la figura de Sagués Oscoz observamos lo fácil que es pitar por oídas y no por lo que ocurre realmente en el verde. No obstante, la peor de sus decisiones fue ese acta que le permite cubrirse las espaldas a la hora de analizar la segunda amarilla a Sadiq. La conclusión, desde un punto de vista más práctico que teórico, es que parece que hay que jugar este tipo de juego en una categoría en la que fingir, gritar y rodar por el suelo da puntos. Es bastante triste decirlo, pero es así. Es lo que vivimos todos en Fuenlabrada. El show de Ibán Salvador y cía. El otro fútbol.

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