Me he encontrado esta semana un problema. Algo que, como periodista vocacional y profesional que soy, debería abochornarme. Hacerme replantear cosas. Me preguntaron unos amigos grancanarios, curiosos ante su partido de esta tarde, por ese tal Umar Sadiq que aquí se está saliendo. ¿Tan bueno resulta? ¿Qué tal juega? ¿Cómo es? No supe qué responder. No encontré palabras para definirlo. No pude emplear adjetivos ni comparaciones que me ayudasen. Un periodista que no fue capaz de describir a un futbolista al cual ve jugar cada siete días desde hace más de un año. Realmente, uno lo analiza y no sabe cómo le explicará a sus hijos, el día de mañana, lo que era Sadiq. Ágil y torpe al mismo tiempo. Técnico e impreciso. Goleador y fallón. Limpio y tarjetero. Carismático y silencioso. El más astuto en una jugada y el más inocente en la siguiente. Capaz de irse magistralmente de tres defensas y de tropezarse cuando encara la portería sin oposición. La sensación de que lo tiene todo planeado mientras improvisa. Tan desconcertante que hipnotiza, engancha, te hace querer más. Su juego es un vicio que necesitas cada siete días y, dentro del partido, cada minuto. Cada jugada. Dásela a Sadiq, piensas. Mira a Sadiq. Ahí está Sadiq. Y es que Umar engulle todo lo que ocurre a su alrededor. Lo capta, lo atrae y lo transforma. Y, cuando esto sucede, nadie sabe lo que va a ocurrir a continuación. Exactamente igual que esos agujeros negros espaciales que siguen siendo un misterio para los astrofísicos. Quizás, después de haberlo visto tantos partidos, haber hablado de él durante tantas horas y haber escrito sobre su juego en tantas líneas, podamos llegar a la conclusión de que Sadiq es un agujero negro. Un elemento que, quizás, nunca lleguemos a comprender del todo, que te atrapa sin que puedas hacer nada para evitarlo y que, cuando actúa, te mantiene en vilo esperando al desenlace. Un futbolista único. Irrepetible. Y tenemos la suerte de que esté en Almería.

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