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Análisis

Gumersindo ruiz

Julio Anguita y la política económica

Conocí a Julio Anguita en 1982, en un ciclo de conferencias que organicé en la Facultad de Económicas y Empresariales de Málaga, donde era decano, y en la que participaban políticos de distintos partidos, presentando sus programas de política económica. Conducía su propio coche y recuerdo que le comenté que llevaba demasiado trajín, y no estaría mal que alguien le acompañara y descansara un poco. Sus problemas con el corazón empezaron en 1993, y en 1999 se retiró de la política activa.

Hace un par de años estuvo en nuestra facultad; había nacido en Fuengirola, y nos decía que siempre se encontraba muy a gusto en Málaga. Me recuerda el profesor José Benítez Rochel que en esta última conferencia se mostró receloso hacia la renta mínima o básica que ahora se debate, porque entendía que nada puede sustituir la dignidad de un empleo. Este tema había tenido ocasión de hablarlo con él, considerando al Estado como empleador de último recurso, con trabajos temporales que faciliten la integración laboral. Julio Anguita puso por delante en todo momento su pensamiento de transformación socioeconómica radical, pero era tremendamente práctico y cuidadoso hacia las consecuencias de medidas y reformas. Quizás esta actitud le hizo ganar la confianza y cariño de los cordobeses, de los que fue alcalde con mayoría absoluta.

Su interés por entender los procesos de funcionamiento de la economía era extraordinario, y más que nuestro limitado conocimiento en el departamento de Política Económica, le interesaba una actitud hacia el análisis económico que cuestionaba leyes económicas establecidas, y daba importancia a cómo se aplicaba una política económica. Por ejemplo, ni la política de endeudamiento actual, ni una fiscalidad compensatoria son en sí económicamente perjudiciales, pero generan reacciones que hay que considerar.

Julio Anguita, pese a las presiones en las entrevistas, no criticó el actual Gobierno de coalición, pues él mismo intentó pactar con Felipe González, para que no dependiera de los nacionalistas. Pensaba que el PSOE había llevado a cabo avances en las libertades y derechos civiles, pero no en lo económico, que equiparaba en lo fundamental con los conservadores. Quizás, su análisis de la realidad tendría que haber ido más allá de la consideración del papel de la banca y de las grandes empresas, hacia las consecuencias de la tecnología en la desaparición de empleos, la precariedad de los que quedan y las diferencias salariales; un conflicto similar ocurre entre las propias empresas y sectores de la economía. Pero este es un tema pendiente para todos, igual que la nefasta obsesión con el crecimiento económico tal como se mide, aislado de la forma de distribución entre zonas, sectores y empresas, y pensar más bien en cómo añadir bienestar a las personas.

Decir de alguien que es un político honesto y honrado no es ningún cumplido, pues debería presuponerse; Julio Anguita era honesto con sus propias ideas, con un compromiso por mejorar las cosas y una forma inteligente de plantearlo. Sí podría decirse, con Maiakovski, que su barca de ilusión política -nunca personal- se estrelló contra la vida cotidiana, pero de los restos de ese naufragio quedó viva, durante dos décadas, su figura y su palabra.

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