Análisis

Tacho Rufino

Keynesianismo epidémico

La amenaza consigue aliviar al país del castigo de una pseudopolítica de espaldas a la gente

En su clásico Dignity, Deacon Blues canta a un hombre ahorrador y solitario que, al final de su vida laboral como basurero municipal, cumple su gran ilusión, y se compra un barco al que bautiza Dignidad. Una frase de la letra nos ofrece la semblanza desfasada del tipo: "Dando tragos de raki y leyendo a Maynard Keynes". Beber raki tiene algo de extravagante, y no digamos leer a John Maynard Keynes, un economista también desfasado para muchos, con propuestas hoy en buena medida anacrónicas sobre el papel del Estado y el gasto público ante las crisis profundas de empleo, producción y consumo. Unas políticas que, además del Plan Marsahll, fueron salvadoras en un momento concreto de la historia, los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Una noticia llegada desde Italia me ha llevado a pensar en Keynes, no tanto por sus propuestas de entonces, sino por su adaptación a la política económica que deben acometer los gobiernos ante la pandemia en curso que, por cierto, no está en absoluto clara: en los nudos gordianos de las crisis, nada lo está. Gobernar ahora es asumir riesgos políticos. Quienes han sufrido primero y reaccionado, asumiendo riesgos, han sido China e Italia: apuesto a que se verán fortalecidas cuando todo esto amaine.

Italia es el Estado anarcoinstitucionalista por antonomasia. No sólo por la tendencia a tirar por la calle de en medio que caracteriza al transalpino medio. Ni por la sopa de siglas de su parlamento y sus gobiernos, que desde hace décadas son los más efímeros y, por tanto, numerosos, del mundo. Sino también porque se trata del país donde en buena medida tienen su origen el Derecho y las instituciones públicas, y ello para bien… y para mal, porque los pioneros, tras en su caso llegar a clásicos, suelen decaer. Lo cual, en asunto de instituciones, suele tener que ver con la ineficiencia y la parálisis burocrática. No es el caso del Gobierno multicolor que rige en Italia ante la multiplicación de casos de contagio de coronavirus en progresión geométrica. Italia, un país en pleno de estado de shock por los contagios, agarra el toro por los cuernos. España debe imitarles; cuanto antes, mejor.

El martes supimos de una medida promovida por el ministro de Desarrollo, Marco Patuanelli, que resulta sintomática: suspenderá durante un año el pago de toda hipoteca de individuos y familias, de acuerdo con los bancos. Al tiempo, meterá en la economía unos algo keynesianos 10.000 millones en la economía. Dinero público, sí. Extra de déficit público imprevisto en un país muy endeudado, también. Se trata, como es de ley, de no ahogar a la gente, cuyas perspectivas de empleo e ingresos son azurro oscuro, casi blu, bastantes negras. Se trata de actuar protegiendo a la gente, sin más remedio que darle una patada a seguir al cuadro macroeconómico y a los criterios de ortodoxia de la Eurozona. Si esta pandemia que avisa sobre la sobrepoblación del planeta finito sirve para poner en fuera de juego el partidismo tacticista de nuestros gobiernos, y apela con su golpe sobre el cuerpo y el alma de la gente a la necesidad de aunar fuerzas, y pone en fuera de juego a la disgregación y el cainismo vigentes -al menos, en España-, entonces, bendita catarsis. Como sucedió tras la Segunda Guerra Mundial. Cuando Keynes tuvo tanto sentido y el verdadero patriotismo -el basado en el dolor, y no en la manipulación, las vísceras y el peseteo- aflore. España, en estas horas graves, imita, como debe, las políticas de urgencia de Italia. Entre ellas sostener el sistema de salud y dar apoyo y garantías a las pymes. Con dinero público. Que sí tiene dueño: todos. Mientras esto escribo, oigo al presidente Sánchez llamarnos "queridos compatriotas". Y me gusta.

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