En "La Casa Blanca", ahí vive. Aquí casi todas los son. Pero en esa fachada el sol refulge más y es, casi, sonoro. Tal vez porque siempre parece recién encalada, la luz de la mañana rebota en la pared inmaculada y vuelve a su lugar de origen, o eso parece.

En los años de su esplendorosa juventud, cuando su familia empezó a veranear en La Veleta, la llamaban por su nombre, Rosa. Llegando a los cuarenta, empezaron a llamarla Doña Rosa. Entonces comprendió que su juventud ya no estaba a la vista de nadie, tampoco de ella misma; porque los espejos, como sabe Clemente, El Eterno, son inmisericordes e implacables. Con los pies en la tierra, valiente más que sumisa, plantó cara a los años y al hecho doloroso de que su cuerpo fue haciéndose de carne trémula, ya no eran turgentes y desafiantes sus senos de diosa, ni de seda, su piel. La ondulada cabellera trigueña se entreveró de canas que poco a poco fueron apareciendo subrepticiamente, con la mala intención y el sigilo de un ladrón nocturno. Eso es el tiempo, un ladrón con avaricia de juventudes y belleza; también, de alegría.

Ah, pero ese tesoro, el de su alegría, Doña Rosa, La Leona de Castilla, no lo entregará. Mantiene erguida la espalda, airoso el caminar, viva de cordialidad la mirada. Da gloria verla. Se nota por la estela de suspiros que van dejando su sonrisa y su saludo, cariñoso para todos, sin olvidar nunca el nombre de cada uno. Cuando pasa La Leona, pasa la paz y la armonía. Es como si su buena sombra infundiera la sensación de estar a salvo, de que nada malo podría sucederles.

Unos y otros, la quieren; y algunos hombres, más. El deseo que despertaba siendo joven es ahora devoción y respeto. Cosa que a ella le produce una sensación contradictoria, de encanto y desencanto a la vez. Cuando a veces se cruza con Rafael, El Mudo, el desencanto la disgusta. Lo reconoció la primera vez que se cruzó con él. Normal, porque su trabajo en la radio de Madrid dejó huella de valía y profesionalidad. Sabe, pues, que no es mudo. Al principio tuvo la intención de saludarlo, intención que él eludió mirando hacia otro lado. No ha vuelto a insistir porque, como todo el vecindario, intuye lo grande y lo grave que debe ser el mal de su alma, la procesión que lleva dentro. Sin embargo, hembra y señora de armas tomar, no se rinde, segura como está de que él la ha visto, y la ve, bien.

Tiempo al tiempo.

"Con los pies en la tierra, valiente más que sumisa, plantó cara a los años y al hecho doloroso de que su cuerpo fue haciéndose de carne trémula, ya no eran turgentes y desafiantes sus senos de diosa, ni de seda, su piel".

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