Comienza un nuevo ejercicio en los mercados con muchos gestores de fondos aliviados al poner el contador a cero y dejar atrás el peor año de la historia en la renta fija y uno muy negativo en las bolsas. Pero esto no debe hacernos olvidar algunas importantes lecciones aprendidas en un periodo tan turbulento.

Para empezar, que los inversores siempre tienen dificultades para poner en precio los riesgos geopolíticos. Primero tendieron a ignorar la amenaza de una guerra y luego descontar un escenario catastrófico tras la invasión de Ucrania y las tensiones entre China y Taiwán. Sólo el paso de los meses pudieron calibrar los impactos reales de la crisis.

Pero, más que la guerra o el temor a una recesión, ha sido el brusco giro de las políticas monetarias lo que hundió las cotizaciones de los bonos y las valoraciones de las empresas. La principal lección es que son los tipos de interés lo que mueve los mercados y probablemente lo sigan haciendo este año.

Algo que los inversores suelen minusvalorar es la capacidad de adaptación de los hogares y las compañías, que han absorbido la alta inflación sin que colapsaran el consumo ni la actividad productiva. Esto se ha reflejado en la resiliencia del empleo, con una destrucción de puestos de trabajo muy inferior que en crisis anteriores. También ha sido destacable la reacción de los gobiernos y de la UE ante las crisis energética y alimentaria. Han acordado medidas fiscales, de intervención de los precios y de ayuda a los sectores más afectados con una rapidez y eficacia impensables hace un tiempo, amortiguando los efectos económicos y sociales.

Por último, el año pasado volvió a demostrar que los mercados siempre se anticipan a los acontecimientos y que suelen rebotar cuando peor parecen las cosas. Por lo tanto, seamos conscientes de que el flujo de noticias podrá ser todavía muy negativo en los próximos meses, pero no tendría que impedir que 2023 sea mejor en las bolsas.

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