El día que José Gomes decidió encarar aquellos cuartos de final de Copa con varios titulares indiscutibles en el banquillo, buena parte de la afición lo excusó. Lo importante era la liga y había que dosificar esfuerzos pensando en el partido del fin de semana. Lo de siempre. Poco importaba que el club estuviera a solo noventa minutos de igualar su mayor gesta histórica en la competición, las semifinales de la 10-11. No recuerdan, quienes sostienen esta teoría de que los más habituales se cansan mucho, que el equipo titular terminó dando el bajón y echando por tierra toda la temporada en unos últimos meses de competición esperpénticos. Pese a lo mucho que había descansado. Algo similar está ocurriendo ahora con respecto al partido de mañana. No son pocos los que, ante la falta de fichajes o la mala pretemporada, se tranquilizan diciendo que bueno, que el rival es el Real Madrid, que no es un adversario de nuestra liga y que no pasa nada si se pierde. Que lo importante es tener el plantel completo el 1 de septiembre. Que si hay que sacrificar el competir en un día así, se sacrifica. Tanto en aquellos cuartos de Copa como en este partido -así como en otros muchos casos- sorprende este conformismo. Haber llevado a cabo una planificación con más tiempo no solo habría permitido a Rubi tener a su equipo a punto en el comienzo liguero, sino aspirar a que millones de personas vieran la mejor versión del Almería ante el Real Madrid. Se trataba de practicidad, sobre todo. Pero también de marketing y ambición, conceptos en los que el club se ha disparado y que, sorprendentemente, se han dejado de lado en la semana más mediática para la entidad de los últimos siete años. Ganar a un gigante en el Mediterráneo es de esos días que se guardan en la retina. Igual que vivir unas semifinales coperas. Renunciar a ello solo es propio del que está harto de darse festines. Puntos de vista que no cambian en Segunda ni en Primera.

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