Análisis

Francisco G. Luque Ramírez

Motos de agua

Los almerienses, sobre todo en estas fechas veraniegas, somos muy de ensalzar cada vez que podemos por medio de las redes sociales nuestras preciosas playas. No cabe duda de que somos unos privilegiados por tener en nuestra provincia numerosos rincones, mayormente a lo largo de nuestra costa, que son la envidia de Europa. Es difícil no sucumbir a los encantos de una zona como el Parque Natural Cabo de Gata-Níjar, un lugar con una magia insuperable que cada año que pasa recibe más visitas. Por un lado, muchísimos negocios viven gracias al turismo y que nuestros parajes enamoren hacen posible que siga funcionando el motor económico de municipios que difícilmente podrían vivir, adía de hoy, de otra cosa. Por otro, la masificación de gente tiene también su parte negativa, desde mi punto de vista, para los que nos gusta ir al Cabo de Gata a descansar, desconectar la mente y disfrutar de la naturaleza con tranquilidad sin largas colas de coches para entrar a una playa y sin bullicio alrededor de nuestra toalla cuando estemos tomando el sol un rato en paz. El silencio, en ese contexto específico, es muy importante. No sé ustedes, pero yo soy de los que prefiere escuchar el sonido de las olas muriendo lentamente en la orilla a una conversación entre calorros o las batallitas de pijos madrileños casi cuarentones contando cómo le tiraron la caña a varias chicas la noche anterior en el bar de copas. Pero la playa es de todos y todo el mundo tiene derecho a disfrutarla. Eso sí, sin olvidar que además de ello tenemos el deber de respetarla y cuidarla, cosa que muchos domingueros aún no han entendido. Y ahora faltaban las motos de agua. Estás junto a la duna de Monsul, hablando de la vida con dos amigas de la infancia, con la mirada perdida en un horizonte azul pacificador y, de pronto, se escucha el atronador ruido de cuatro de estas motitos a pocos metros de la orilla, pasándose por el forro la normativa y las quejas de algunos de los bañistas, entre los que hay numerosos críos. O las autoridades empiezan a regular su uso, para que se haga de una forma segura y sostenible, o el Cabo de Gata dejará de ser ese reducto de sosiego en el que perderse para encontrarse.

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