Análisis

Carmen rubio soler

Pepa Satué

"El mundo de Satué es plano con profundidad, con sombras y luces, con movimiento"

Hay creadores de mundos fantásticos, de paisajes con colores imposibles, de historias de bestiarios eclécticos y mestizos, de figuras celestiales y otras que parecen estar todavía en los abismos más crueles. Son creadores de metáforas y leyendas reflejadas en imágenes compuestas por otras más antiguas, que componen imaginarios familiares para todos los espectadores. Son otros mundos de los sentidos y de los sentimientos, comunicaciones horizontales entre artistas y público.

Y hay otros creadores, los de los nuevos espacios, los que abren puertas a universos sin referentes, nada más que en sus propias ideas, en sus pensamientos más geométricos, casi matemáticos, en mundos de colores inesperados o desaparecidos, pero que ellos escuchan.

A estos últimos pertenece Pepa Satué. A los artistas que imaginan universos planos que no lo son, y entonces, cuando pasan muchas horas reconociéndolos, transitándolos como caminantes incansables, trazan sus mapas, y después sus relieves con el detalle de cada poro y cada accidente.

Es el suyo un mundo plano con profundidad, con sombras y luces, con movimiento. Lugares bidimensionales que forman volúmenes con superficies estudiadas, trabajadas para darnos esa sensación de espacios que se crecen hacia afuera o grandes orificios que se retraen hacia la profundidad. Planos con degradados imperceptibles que engañan al ojo con suaves sombras y luces cuyo único objetivo parece ser que la posterior iluminación no tenga que trabajar duro. Y recorrer la vista por estas zonas de diferentes orientaciones nos hace viajar por los cuadros con velocidades marcadas por la propia obra, obligándonos a seguir su propio ritmo.

Y utiliza la línea, sabedora de que en su multiplicación funciona como un plano más, como velo transparente con el que acotar vacíos de esos universos, dotándolos de otra presencia. Son líneas más cercanas o más distantes, quebradas, que cambian de sentido, dirección y distancia. O curvas, con melodía, trabajadas con la complejidad de un plano, con sus texturas y colores.

Y en esta factura limpia que no deja nada al azar, que no quiere frialdad, y que busca emocionar, Satué coloca los colores con presencia pero sin estridencias, con peso unos, con liviandad otros, algunos hay que buscarlos, otros esquivarlos.

Entre la necesidad de acercarnos al cuadro para apreciar veladuras en los profundos colores, diferencias de matices entre la diversidad de negros y entre la riqueza de los blancos, la distancia que retomamos para apreciar el conjunto que respira con los fondos, los pasos, no perdidos, entre obras y las veces que visitamos nuestros recuerdos para comprender otras etapas en el desarrollo creador de Satué, nuestra cabeza no descansa, no para de preguntarse, de plantearse incógnitas y de darse soluciones que los mismos cuadros nos ilustran. Pero así es esta obra, un diálogo intelectual con su creadora y con nosotros mismos.

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