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Querido Roberto:Una vez me dijiste que las ciudades tienen más alegría de día pero más alma de noche.

Porque el ruido de la calle llena de coches y de gente, hace inaudible el susurro de las aceras solitarias, de los majestuosos edificios, de las esquinas y plazas que los hombres transitaron, de los parques donde generaciones de niños jugaron. El susurro también, de los conspiradores que urdieron revoluciones y atentados, jalones de la historia de un pueblo, de todos los pueblos.

"Si con la curiosidad requerida caminas de noche solo por una ciudad solitaria, ella te lo contará todo paso a paso. Y al clarear, cuando el amanecer extiende su luz por las ramas del mundo, sentirás que ya eres suyo y ella es tuya para siempre."

Eso me dijiste. No lo he olvidado.

Y por donde he ido a lo largo de mi vida he comprobado que, cuando estás dispuesto y receptivo, esa misteriosa conexión es posible. Cualquier lugar de la tierra tiene un mensaje para cada terrícola; un eco, telúrico y cósmico a la vez, que te estremece entrañablemente.

Pero dime maestro Atahualpa, tú que pintaste con siete palabras y una metáfora la belleza del anochecer - "Un degüello de soles muestra la tarde" - ¿qué llanto y qué canto alumbrarían tu vieja voz rota y tu guitarra de trovador quechua y vasco, contemplando el paisaje de tanta calle desierta, en el día como en la noche? ¿Qué dirías de la espesura de este silencio?

Habrá que esperar, es cierto.

Dentro de cien años, probablemente, los poetas de entonces escribirán sonetos sobre las huellas de nuestros miedos de ahora.

¡Y sobre el esplendor de los sueños nuevos!

Ocurrirá, mientras el mundo gira.

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