Como todo en esta vida, la paciencia también se acaba. Lo que ayer eran vino y rosas hoy son bilis y espinas. Ley de vida, supongo. Ciclos, imagino. Tomas aire, intentas no tragar para no envenenarte, tratando de recordar tiempos mejores con la esperanza de que vuelvan algún día porque, piensas, no están tan lejanos. Pero algo ha cambiado, se rompió algún elemento clave o se desconectó algún cable y la máquina no parece funcionar.

Pedir la cabeza de Rubi será lo siguiente para algunos, mientras para otros defenderlo hasta la muerte y más allá será su santo y seña. Un servidor, intentando ver el vaso medio lleno, trata de agarrarse a algo, intenta aferrarse a un clavo ardiendo que sin embargo no encuentra ni termina de llegar. Y entre tanta zozobra, movimientos en el filial, idas y venidas pero poco más en lo que atañe aunque sea indirectamente al primer equipo.

Mirar a la enfermería tampoco ayuda para alimentar cierto optimismo, con jugadores que siguen lesionados y otros que, sin llegar a estar hundidos, no paran de estar tocados. El panorama para viajar a Bilbao no es nada alentador, con un equipo en horas bajas tras un septiembre negro a consecuencia de las últimas decisiones de agosto. No sorprenderá encadenar una nueva derrota en La Catedral, cuyo anfitrión vive quizá su mejor momento de los últimos años, al menos de inicio.

Será un partido por tanto de contendientes contrapuestos, desequilibrados y desnivelados a priori. No sé si será suficiente, pero quizá el mayor aliado de la UDA para afrontarlo con alguna opción de sorpresa visto el momento de cada uno es justo el parón que vivimos este fin de semana: los partidos de selecciones pueden ser ese tiempo muerto necesario para reordenar ideas. O buscarlas, como los clavos ardiendo. Y que al rival se le desordenen o se le pierdan. Cuidado con la quema, de ella toca seguir huyendo, como sea.

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