Análisis

pablo laynez

La culpa de los fallos del VAR, de Ayuso

Es difícil hacerlo peor de lo que lo están haciendo los árbitros españoles con el VAR. A los que nos gusta el fútbol de toda la vida, el de los balones Mikasa, los partidos en el cemento del fondo sur del Campo Municipal, las derrotas de España en cuartos de final, no nos gusta el VAR. El fútbol es un deporte, no una ciencia. Por lo tanto, tiene que haber errores. Las reglas, las normas, los privilegios, todo debe de ser universal en un campo de fútbol. Por lo tanto, partir de la base de que en Primera y en Segunda hay tecnología y en otras categorías no, es injusto. ¿Qué sentido tiene que se juegue con VAR en Liga y no en Copa o en los partidos de las selecciones? Pues eso, que esto deja de ser un deporte y se convierte en un negocio. Además, se pervierte la esencia de que se use sólo ante fallos flagrantes o cuando un jugador pueda sacar provecho de una acción que debería invalidarse. ¿Qué ventaja se puede sacar en una acción en la que el fuera de juego es la uña del dedo gordo del pie? Ninguna, pero cuando una imagen se congela pierde totalmente el contexto espacio temporal y provoca una sensación errónea. Supuestamente el VAR se ideó para acabar con errores groseros, como los goles anulados a España ante Corea o la mano de Henry con Francia para eliminar a Irlanda en una clasificación mundialista. Pues bien, el Almería ha sufrido esta temporada varios fallos arbitrales mucho más clamorosos. Y lo que es peor, que duelen más por el mal uso del videoarbitraje. Más que ayudar, el VAR lo que está provocando es una confusión y un hartazgo de fútbol increíble. Ha venido para quedarse, está claro. A los clásicos del fútbol no nos queda otra que fastidiarnos y ver con resignación, a cámara lenta, con líneas, o en imágenes congeladas, cómo destrozan un deporte que tanto amamos. Como de momento no han conseguido quitarnos el derecho al pataleo, la crítica siempre rebaja el enfado. Y como la culpa de todo lo que sucede en este país la tiene Isabel Díaz Ayuso, se la echaremos a ella. ¡En qué país vivimos, por Dios!

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