Si cuando te estabas jugando un descenso a Segunda B ante el Poli Ejido te hubiese dicho que ibas a conseguir dos ascensos a Primera División, te hubieses reído de mí. Seguramente la arrogancia y la prepotencia sean de los peores defectos, pero como quieran que los extremos no son buenos, no confiar en uno mismo y soñar con lo más grande debería ser más punible que lo primero. Por eso si cuando nos preparábamos para los Juegos de 2005 te hubiese dicho que ibas a profanar Riazor con un 0-3 en un partido cuasi perfecto, hubieses mirado hacia abajo. Si cuando la España de Raúl y Joaquín se presentaron en tu nueva casa para la clasificación de Alemania 2006 te hubiese dicho que en ese recinto ibas a imponerte al Sevilla campeón de la UEFA, de la Copa y de la Supercopa de España, hubieses pensado que estaba demente. Esa temporada disfrutaste como pocas veces, algo que muchas generaciones de almerienses se fueron a la tumba sin vivirlo. Si te hubiese dicho que te ibas a acostumbrar a residir con la élite, ganándole incluso a ese Madrid invicto o empatarle al Barcelona de Guardiola, también creerías que iría borracho. Así fue, hasta el punto de ir diluyéndote. Y entonces otra vez salir con la chica más guapa parecía cosa de otros. Tenías la autoestima por los suelos. Sin apenas ilusión por vivir. Sin sueños, la rutina aburre. Sobre todo, si no conoces de lo que eres capaz, lo que te ocurría a ti. Te resignabas por llegar al último de minuto de la competición con vida para poder lograr una permanencia en Segunda División. Sí, humildad. Pero también hay que tener ilusión y ambición, dos palabras que ya se te habían olvidado. Porque si en esos encuentros ante el Córdoba, Reus o Lugo te hubiese dicho de lo que ibas a ser capaz de nuevo, te creerías que me estaba riendo de ti. Si te hubiese dicho que ibas a aparcar por unas horas la pandemia, ganar al Sevilla trece años después y plantarte en unas semifinales de la Copa del Rey...

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