Análisis

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de Comunicación del Obispado de Almería

¿Se lo digo o mejor me callo?

No sé si decírselo o pasar de todo". Mil veces me hago esta pregunta en mi interior. En principio, soy de pasar. ¿Para qué meterme en ese lio? ¡Paz y amor, y que cada uno haga lo que quiera! Todos somos ya "grandecicos" para hacernos responsables de nuestras vidas. Además, mi experiencia me dice que, cuando me he metido en camisas de once varas, al final he salido escaldado. Desde luego, resulta difícil "decirnos las cosas", incluso si es por su bien. Buen rollo, una cervecita, y mirar para otro sitio.

"Total qué más da" es un poco la conclusión que sacamos cuando vamos pintando canas. Pero, con el Evangelio en la mano, la cosa se pone más complicada. Son muchos los textos que nos llaman a la corrección fraterna: "Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos…" (Mt 18,5). Según parece, estamos llamados a corregirnos unos a otros porque, en parte, va nuestra propia salvación en ello. Es decir, que no nos salvamos solos. De alguna manera, somos responsables del bienestar de los demás. En la medida en la que esté en nuestra mano, tenemos que responder a esa llamada evangélica de preocuparnos por los demás.

Ahora, la pregunta del millón: ¿Cómo se hace? Os lanzo algunas pistas por si ayudan. En primer lugar: seamos conscientes de que las correcciones a nadie le caen bien, pero hacen mucho bien. Ya lo dice la Carta a los Hebreos: "Ninguna corrección nos alegra en el momento, más bien nos duele, pero con el tiempo, si nos dejamos instruir, nos traerá frutos de paz y santidad" (Hebreos 12, 11). En segundo lugar: hacerlo con amor. La verdad dicha sin amor es una canallada. Si amas a quien corriges, nunca dirás palabras duras o hirientes.

En tercer lugar: corregir las conductas erradas, no hacerle el juicio de Nuremberg. Es decir, si llega tarde algunas veces, díselo. No le espetes: "Eres un irresponsable, contigo no se puede contar para nada…". Eso no ayuda, solo hunde al interpelado. Por último, prepárate para asumir las consecuencias. A veces, aunque lo hagamos con todo el amor del mundo, puede ocurrir que la otra persona se moleste. También el amor tiene un precio, y puede que ser valientes y responsables tenga sus consecuencias.

Hoy lo que me pides me cuesta, Señor. Me gustaría permanecer en la comodidad del que "no se mete en líos", pero nos llamas a ser corresponsables de las personas con las que vivimos y amamos. Que sea capaz de encajar bien las criticas fraternas (por eso de predicar con el ejemplo). Además, te pido que me ilumines y me des palabras y gestos oportunos para que esa corrección entre hermanos sea un instrumento que ayude a crecer a las personas y hacer que este mundo huela más al proyecto que tienes para la humanidad. Así, sinceros, fraternos, en comunidad, y sintiéndonos responsables de todos, especialmente, de los débiles, preferidos de Dios.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios