Sorteos para decidir a los agraciados. Sacar la entrada pese a disponer de abono. Seleccionar un asiento que pocas veces coincide con el pagado en verano. Horarios para acceder por orden al estadio. Mascarillas FFP2. Separación entre asistentes. Prohibición de comer y beber durante el partido. Una odisea. El regreso de aficionados al fútbol está siendo una entrega mala por fascículos solo sostenida por la ilusión de los propios hinchas ante su vuelta, año y medio después, a un recinto deportivo. Sin embargo, la ilusión por lo nuevo es efímera. Enseguida cae en manos de la rutina. Y, cuando ésta deje de colorearlo todo, este proceso se tornará gris. Su auténtica tonalidad.

Porque nos hemos plantado en el mes de septiembre sin que se sepa muy bien qué pretenden aquellos de quienes depende la afluencia de público a los estadios de fútbol. Y es que, tras tres jornadas de Liga, ya ni siquiera hay que irse a otros espectáculos de masas para establecer un agravio comparativo. Dentro de los propios recintos se observa cómo, mientras el aficionado general está sometido a un rigurosísimo control, a escasos metros un señor del palco VIP puede comer jamón mientras se pasea bebiendo cerveza junto a sus amigotes sin mascarilla. Siempre hubo clases y miseria moral. Hasta en pandemia.

En medio de toda esta incongruencia, esta semana se anunció que se podrá llenar un 60% del estadio. Un porcentaje que da, justo, para que entren todos los abonados de la Unión Deportiva Almería. Se acabó lo de unos sí y otros no. Siguen, eso sí, la distancia entre aficionados, las mascarillas al aire libre, la prohibición de comer y la rigidez del horario de entrada, pero vuelve el fútbol con amigos y familia. ¿Será lo mismo? No. En absoluto. Hasta que la COVID no se normalice, nada lo será. Pero, al menos, en Almería ya estaremos todos. Y eso se agradece.

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