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Análisis

césar vargas

Los hooligans de los balcones

Que no haya fútbol no significa que no haya hooligans. Que el balompié no es más que un reflejo de la sociedad se puede apreciar, más que nunca, estos días en los que, curiosamente, no hay una mísera jugada que llevarse a la boca ni un solitario gol que celebrar. Pero ellos siguen ahí, entre nosotros, ansiosos por encontrar un objeto contra el que lanzar su furia. Y, cuando lo encuentran, montan su show. Su hábitat durante este confinamiento son las ventanas. Las usan como tribuna. Desde ellas, aburridos, otean el paisaje cercano en busca de alguna presa. Al hallarla, descargan su ira contra ella. Así, cientos de transeúntes a lo largo de todo el territorio nacional han sido increpados ya por estos ultras de los balcones. Lo más suave que les gritan es que se vuelvan a su casa, con vehemencia y mal humor. Pero no es todo. Los insultos están a la orden del día. Incluso, las amenazas. Cualquier cosa es poca. El hooligan de las ventanas no consiente que nadie pise la calle mientras él está encerrado. Dentro de su mezquindad no parece haber espacio para la razón. No piensa en que, quizás, esa persona a la que grita está yendo a hacer alguna actividad de primer orden, como ir al supermercado o a la farmacia. O que puede estar trabajando. O sacando al perro. O yendo a tirar la basura. O, incluso, que ese padre no pasea a su hijo por divertimento, y sí porque el Trastorno del Espectro Autista del menor así lo requiere. Eso no les impedirá, pese a todo, llevarse un rapapolvo de esta gente. Desde una ventana es difícil conocer la situación de nadie, por lo que hacer un juicio de valor rápido sobre ella no parece lo más apropiado. Y mucho menos, si éste va acompañado de improperios y amenazas. Supongo que pedir a estas personas que reflexionen sobre esto es demasiado. Son hooligans, al fin y al cabo. Energúmenos. Y muchos de ellos, incluso, ni siquiera han pisado nunca un estadio. Lo malo abunda. No solo en el fútbol.

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