Análisis

francisco bautista toledo

La luz de la chanca

La Chanca resalta cuando la luz descansa en sus espacios, bajo el azul profundo de la bóveda celeste, surgiendo destellos que someten la mirada hasta la postración, como decía Valente, refulgiendo por sí misma, tras cuyo esplendor encierra historias y misterios, pasado doliente de pobreza y tradiciones, como las nuevas realidades que su prometedor futuro sugiere.

La Chanca aparece en el arte anclada en el sueño de los tiempos, mostrando la dureza de la existencia, la faz auténtica de sus gentes, el contraste de su duro transcurrir cuando la miseria y la escasez recorrían sus calles, tal como lo describía Goytisolo. Pero la Chanca es más que todo eso, no es el espejismo luminoso del poeta gallego, como tampoco la descarnada realidad estética, descrita en el realismo social del autor de Campos de Níjar. La Chanca es alegría de vivir, ilusión marcada por el profundo grito de un cante jondo, que rompe la pesadez del ambiente, alterando el silbo de los vientos, para hacer visible el duende que anida en todos sus moradores, la persistencia del ansia por sobreponerse en la aridez del entorno, de comulgar con el azul de su mar, de penetrar en las soledades de los campos batidos por las olas de luz, la fuerza que quiere triunfar sobre el vacío, tras un futuro más pródigo.

Literatos y pintores supieron captar su esencia, siendo plasmada en sus obras. Así lo refleja el movimiento indaliano, auténtico fenómeno cultural que zarandeó la siesta eterna que sumía a esta provincia.

Jesús de Perceval, su guía, percibió este barrio de la capital almeriense como un lugar de vida, un gran teatro de representación continua, casi idealizado, sumido en una pátina tenue que lo extraía del ritmo de las horas, casi estilizado. En sus fotografías mostraba su realidad social, elevándola a composición de estudio. Pérez Siquier fue más descarnado, impersonal, y descriptivo, dejando que las imágenes espontáneas cuenten por sí solas su historia.

Cantón Checa pintó una Chanca de luminosidad cegadora, apariencia sólida, en figuras pastosas. Luis Cañadas la percibió más nítida, delimitando sus formas, plasmándola sobre un sustrato geométrico, en un ambiente diáfano, alegre y puro. Miguel Martínez captó la luz atrapada en sus azoteas y paredes encaladas, la rudeza de su aspecto, la poesía del abandono, que su visualización producía. Todos añadieron un aspecto de este barrio, que no nace de él sino que está conservado, pues surge de la historia de los tiempos, lo reproduce y amplifica.

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