Análisis

césar vargas

Lo que merecemos

éramos muchos los que no pudimos contener nuestras lágrimas. Otros, más serios, se concentraban en sus auriculares, rezando para que no llegaran noticias negativas desde Soria. Los había que ni siquiera miraban al césped, manteniendo la cabeza agachada. Cada pocos segundos, arrancábamos a cantar con impotencia, tratando de que los jugadores se contagiasen de nuestro ímpetu, pero era inútil. Desde que el Lugo se adelantase de penalti hasta el final del partido, todo lo acontecido en el sector visitante del Anxo Carro fue dramático.

En Almería la cosa no fue mejor. Me cuenta mi padre que tuvo que salir a la calle, tras el 1-0, porque no aguantaba más frente al televisor, y que, paseando, intentando calmarse, hundido por el descenso virtual, escuchó el gol de Fidel en el ambiente. Mis amigos me dicen que los bares estaban abarrotados de aficionados, a cada cual más nervioso, como hacía años que no sucedía. La tensión era tal que mi hermana terminó con dolor de cabeza.

Volviendo de Lugo, durante las 13 horas de autocar hacia tierras almerienses, miraba a mis acompañantes en el autobús. Nico dormía. Tenía examen esta semana y sacrificó su aprobado por ir a ver al Almería. Un niño, más adelante, no se quitó su bandera rojiblanca en todo el trayecto. 13 horas de ida y 13 de vuelta portándola, a modo de capa. Tendría unos ocho años y rebosaba ilusión. Detrás, una familia íntegra, con una niña pequeña en una silla plegable que soportó con un sorprendente buen humor todas las horas de viaje.

Los aficionados del Almería llevamos cinco años sufriendo. Tras todo ese tiempo, seguimos ahí. Unidos. Implicados. Olvidando el pasado. Pese a que casi ni recordamos lo que era vivir tranquilos. Pese a que envidiamos a otras ciudades que sí disfrutan con el fútbol. La marcha de Alfonso García tiene que ir acompañada de la salida de todos los demás responsables de este insoportable lustro. Sería intolerable que los cómplices de este fracaso continuasen en este club. Entonces, al fin, podremos sonreír. Y no hay nada que esta afición merezca más que eso.

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