Análisis

Pilar fuertes

La muerte tenía un precio

No les voy a contar la película de Clint Eastwood. Tampoco el precio que hay que pagar para enterrar a nuestros seres queridos, o no queridos. Que haberlos haylos y también van al camposanto con ataúd, urna, coche fúnebre, misa, corona de flores... El sablazo que vuelve del revés la frase y terminas diciendo: 'las penas sin pan dan más pena'.

Del precio que hablo es el que pagamos cuando vamos al tanatorio de la SE-30 en Sevilla y a nuestro artístico Cementerio de San Fernando. Un lugar que tarde o temprano todos visitamos vivos. Tan vivos que nos jugamos la misma vida. La delincuencia campa a sus anchas merodeando sin escrúpulos ni miedo, mirándonos de cerca. Los atracos se suceden un día tras otro.

El primer atraco es una panda de gorrillas (hasta nueve mujeres he llegado a contar) que se turnan para llevarse un euro y así robarte el coche con tu propio consentimiento, porque si lo dejas allí en sus manos ya sabes que te lo van a desvalijar en cinco minutos y tan barato como una moneda.

El siguiente atraco es el tirón del bolso mientras te arrastran como una cucaracha por el asfalto o, en la peor suerte de ser un hombre, te sacan una navaja tamaño samurai que te quita las penas pasadas de un plumazo. Es entonces cuando sí que deseas ser Clint Eastwood y llevar dos Colts 45 o una Magnum tamaño cañón de Navarone. Y no sigo con el cine porque terminaría como Carrie.

Pues esto sucede todos los días, uno tras otro, sin que tomen medidas. Por supuesto que hay muchos puntos negros de delincuencia y barrios arrasados por la criminalidad. Lugares en nuestra ciudad de difícil solución e impotencia de las autoridades para erradicarlo. Pero sabiendo que a escasos metros se encuentra el más antiguo asentamiento chabolista de Europa, que ya es saber, y que el tanatorio de una ciudad y su cementerio son los únicos lugares que visitan continuamente todos sus ciudadanos, sean de la clase social o económica que sean, no comprendo que no se proteja. Un edificio literalmente rodeado de jóvenes delincuentes que ni siquiera se atrincheran, a pecho descubierto. Ese es el precio que paga nuestra ciudad a la muerte.

Al próximo que se muera que vaya a verlo Clint Eastwood, porque a mí no me vuelven a poner con la muerte en los talones.

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