El regate es evitable si el pase es posible

La victoria y la derrota nunca son un efecto unicausal. El éxito y el fracaso son el producto de un conjunto de motivos. El pase y el regate son dos de las fuentes de donde beben estos supuestos. La UDA y el Extremadura sellaron su equilibrio de fuerzas con dos goles de una similar factura, con sendos servicios de Zarfino y Corpas que Eric Gallego y Álvaro convirtieron. El pase es un elemento central del juego, el que forma parejas y tríos con su poder de combinación. También lo es el regate y su capacidad de sorpresa. Pero no siempre existe la posibilidad de ejecutar un pase, por la oposición del adversario o la mala colocación de los compañeros del poseedor del balón. El regate, así las cosas, se hace necesario siempre que sea posible para crear situaciones ventajosas. Pero no sin antes sopesar los riesgos y beneficios. Lo ideal siempre es aplicar la decisión correcta y de la forma más conveniente. Y en la zona del campo más adecuada. La inteligencia pasa por discernir estas diferencias, las mismas que hay entre el jugador y futbolista. El primero atiende a unas facetas del juego para su lucimiento personal. Es el que tira caños y sombreros en el centro del campo, sin ton ni son. Y el segundo es el que huye de ese fútbol comercial, que mira mucho a la grada y poco al compañero, pero entiende el juego y se ajusta al guión del colectivo. Entre el regate y el pase también se da esta dicotomía. "El regate es evitable cuando el pase es posible". Fue lo primero que aprendí en mi etapa de juvenil. Se me quedó grabada, de tantas veces como la copié al dictado de Felipe Martínez, mi primer entrenador. Bendigo que los métodos en el fútbol profesional hayan cambiado. Pero sería deseable no olvidar la lección y la que recuerda que el futbolista forma parte del juego aunque no lleve el balón entre sus pies.

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