La pantalla del móvil se iluminó sobre la mesa. Con disimulo, mientras fingía seguir la conversación que se estaba manteniendo a mi alrededor, lo agarré y vi la notificación que señalaba el gol de Juan Villar. Esbocé una leve sonrisa, lo guardé y continué a lo mío, ajeno a prácticamente todo lo que se desarrollaba sobre el césped del Fernando Torres. A 3.500 kilómetros de distancia de allí, en Riga, y acompañado por varias personas que probablemente ni siquiera supieran que el Almería milita en Segunda, no me parecía apropiado estar pendiente del partido. Era un puente para desconectar. Esta vez, guardé mi trastorno en lugar de mostrarlo en público, como tantas otras veces he hecho. Fue una vez llegado al hotel cuando, resguardándome de los 15 grados bajo cero que azotaban la preciosa capital de Letonia, me puse el encuentro en diferido. Ejercicios de masoquismo que uno se inflige a sí mismo sin ningún porqué. Aunque ver un partido repetido posee una ventaja, y es que puedes pasar de largo los momentos de parón. Y en Segunda División hay muchos. Muchísimos. ¿Que un jugador se va al suelo? Adelantas treinta segundos. ¿Que hay una sustitución? Te vas al minuto siguiente. ¿Que se produce una protesta al árbitro? Te la saltas. Y, cuando contemplé en los primeros cinco minutos el show que estaba dispuesto a protagonizar Iban Salvador, pasé del tema. Fui danzando por encima de las pocas ocasiones que hubo y enseguida me marché a la segunda mitad. Contemplé el gol de Zozulia, esperé veinte minutos para ver el empate de Juan Villar, me enorgullecí de los valientes que decidieron ir desde Almería hasta ese horripilante escenario y poco más. Así, pasé por el trago de Fuenlabrada evitando toda frustración, enfado o instinto asesino. Lo que pudo ser una tarde amargada por el indigno comportamiento de Iban Salvador, fue una plácida jornada en Riga alejada de toda implicación futbolística. La relatividad de las cosas. Esta tarde no podré decir lo mismo.

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