Análisis

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de Comunicación del Obispado de Almería

La sacristana

En cuanto llegué al pueblo, aquella sacristana me acogió con cariño. Habían pasado muchos sacerdotes ya por la parroquia, lustros de servicio y, según ella, era la hora del recambio: "Don Ramón, ya llevo muchos años, estoy mayor, nadie me ayuda. Sería bueno que buscara a alguien más joven". Yo tenía 25 años, estaba cargado de vida e inexperiencia y, en seguida, le propuse a una chica que si podía hacernos ese favor. ¿Qué creen que ocurrió después? Lo han adivinado. Enfado monumental, la sacristana no me hablaba, las hijas me hicieron el juicio de Nuremberg por lo malvado que fui… En aquel tiempo todavía pensaba que las palabras significaban lo que expresaban, y que somos capaces de dejar con facilidad el relevo a otras personas.

Pero no sean ilusos. Todos tenemos apegos a nuestros "carguillos". También en los ámbitos más cotidianos. Nos enfadamos si no contaron con nosotros para aquella comida, si mi hermana no me llamó para hacer aquella compra, si mi jefe optó por el compañero para aquel ascenso. Es una mezcla de celos, querencias, falta de autoestima con una pizca de egoísmo, letal para la convivencia. Sin reconocerlo, al final queremos ser siempre los más guapos de la clase.

Estos domingos hemos leído dos pasajes bien distintos de Marcos. El primero, los hijos de Zebedeo que le piden a Jesús estar en un puesto destacado cuando lleguen al Cielo. El segundo, el ciego Bartimeo. ¿Qué tienen que ver estos dos, aparentemente, textos tan distintos? Pues la clave está en la pregunta que les hace Jesús. El "borde" de Marcos pone en boca de Jesús exactamente las mismas palabras: "¿Qué quieres que haga por ti? Y las respuestas son radicalmente distintas. Los que se suponen que son discípulos le piden un "carguillo", y el ciego que está fuera del camino le responde: "Señor, que pueda ver".

Ahora nos toca a nosotros. Os lanzo una pregunta: ¿Qué piden cuando rezan? No me contesten. Creo saberlo: la salud de los míos, el trabajo asegurado, el futuro tranquilo… En el fondo, muy parecido a lo que los hijos de Zebedeo pidieron: "un carguillo". En cambio, el creyente debería sentirse como un ciego en búsqueda de la luz y la fe para afrontar con sabiduría lo que vaya llegando a la vida, sus envites y alegrías, sus incertidumbres y bellezas.

Señor, a veces no somos tan distintos de aquella anciana sacristana. Tenemos muchos apegos y queremos que Tú seas el proveedor de certezas. En cambio, nos llamas a soltar, a fiarnos, a no apegarnos a las personas y a los cargos. Y ese difícil camino solo es posible si Tú nos alumbras.

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