...SINO AL QUE ANDUVO EN LA MAR

No estaría lejos de la realidad considerarlo simple y sencillamente una fuente de de puestos de ingresos y de puestos de trabajo

Pasear estos días por pueblos y ciudades de nuestro país, y sobre todo por Andalucía, puede ser algo perturbador. De día y de noche. De día se ven colgados de las ventanas tapices y paños que muestran rostros ensangrentados, faces llenas de amargura. Por las tardes, por las noches, retahílas de encapuchados con luces en las manos y esforzados portadores que cargan enormes pesos sobre sus hombros, unos tronos en los que se encuentran imágenes no menos ensangrentadas y penosas que las de los tapices. Y envolviendo el ambiente una música no menos triste y lúgubre. Y el sonido lastimero de una saeta que se impone al silencio. O la voz militaroide de los capataces. Y todo esto, ¿qué es? Hay quien piensa que son muestras de un fervor religioso que estalla precisamente en esta época. Puede ser y los respeto. Aunque tal vez no sea más que la expresión de un fanatismo a favor de unos colores (tenemos cerca el blanco, el negro y el morado, por ejemplo) en el que los seguidores, con el prurito de quedar por encima de los otros colores como único galardón, pasan el año en continuo esfuerzo de superación. Aunque no estaría lejos de la realidad considerarlo simple y sencillamente (alcalde de Almería dixit) una fuente de ingresos y de puestos de trabajo. Pero todo ello tiene como fundamento representaciones de la sangre, el sufrimiento, el dolor, la muerte. Siempre me ha llamado la atención el uso reiterativo de la palabra "amargura" en las saetas asociado a este espectáculo. Y los términos que aparecen en esos nombres aparatosos y rimbombantes de las cofradías y archicofradías que no le van a la zaga. En todo caso, tenemos al dolor como fuente del honor, del espectáculo y del negocio. Y me pregunto cómo es posible, ya en este caso en los espectadores, que ese tipo de exhibiciones puedan proporcionar algún tipo de gozo a no ser por cierto sadismo o por la espectacularidad artificiosa que acompaña a esas llamadas "estaciones de penitencia", sus riquezas y oropeles. Porque no se compadece bien esa dualidad vital: mañanas y tardes con disfrutes casi epicureos, y noches contemplando esas muestras de dolor ajeno. En cualquier caso, y esto es una preferencia personal, no me gustan esos espectáculos que rayan en el mundo "gore", estamos en primavera y la vida es otra cosa. Estoy con Antonio Machado: no quiero al del madero, sino al Jesús que anduvo en la mar.

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