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Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

Abollando cacerolas

Una cacerolada estos días contra la monarquía es alborotar y hacer ruido en un país que está en la UCI

No se es mejor ni peor por sostener que una monarquía es un anacronismo, una antigualla más propia de siglos pasados, ni siquiera del XX -cuántas cosas viejas y rancias perviven, y tan contentos-, y que por lo tanto tendría que haberse convertido hace tiempo en materia de estudio e investigación o a lo sumo en motivo de inspiración nostálgica, al estilo de la que los grandes Zweig y Roth disfrutaron/padecieron con respecto a su añorado imperio austrohúngaro. Y no se es mejor ni peor cuando se sostiene que una monarquía parlamentaria, sancionada en una Constitución sufragada en las urnas, es un modelo perfectamente vigente que además, en tiempos difíciles, tiene cierta utilidad cuando su cabeza visible actúa -sirviendo al Estado- como elemento que une y cohesiona y simplemente inyecta algo de calma y de esperanza en instantes muy críticos dominados por una fatal inclemencia, ya sea política, económica, bélica, climática o de salud pública.

Sí se es peor si se defiende un régimen monárquico de corte arábigo, por ejemplo, que sólo beneficia a una élite familiar, política, religiosa, financiera y militar que subyuga no ya a sus súbditos sino a sus vasallos en un territorio en el que se aplican leyes medievales y la existencia de la plebe es considerada como algo de su propiedad. Y sí, también se es peor cuando se está a favor de una república dominada por otra élite -¿podríamos decir casta?- preñada de cargos de barriga agradecida pertenecientes a un partido único que una vez encaramada al poder mediante movimientos de liberación o directamente revolucionarios -en su día algunos tan merecidamente aplaudidos como interesadamente financiados-, olvidó rápido, muy rápido, su carácter emancipador y ofreció su verdadero rostro (nada humano): la de un régimen totalitario, una dictadura que empujó a la población a la pobreza, la ruina, la miseria y la muerte.

Como debate, el de monarquía vs. república o viceversa puede ser tan entretenido como aburridísimo. Otro cantar es el uso que se hace de él en política. En ésta, la idoneidad es un valor al que el partidismo ha renunciado sustituyéndolo por el (in)oportunismo más descarado. Instigar a que se abollen cacerolas contra la monarquía cuando el rey discursea por la crisis del coronavirus, debido a las malas noticias que protagoniza su padre, deja en cueros a esa estrategia maniobrera que llama a alborotar y a hacer ruido en un país ingresado en la UCI.

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