Anatomía del autoritario

La autoridad no se exige ni se impone, sino que se reconoce y se recibe

Releyendo el precioso "Los caracteres", de Teofrasto, el otro día observé que faltaba uno y no era baladí aquella ausencia: no encontré al autoritario, esa persona excesiva, exclusiva, corrosiva, abusiva y abrasiva de la que debemos siempre huir. Si observamos su comportamiento, veremos que nunca admite réplica: se hace lo que dice y ya está bien; nunca tolera que el otro tenga una opinión propia y, mucho menos, derecho a expresarla. El autoritario agacha la testuz y embiste contra cualquiera que haya cometido el error de no expresarle sumisión eterna e incondicional. Te cuelga el sambenito, lo define como pecado mortal y te juzga, condena y ejecuta sumarísimamente. Nunca para en barras: obedeces o hay guerra, consientes o eres el enemigo y ahora vas y te callas porque yo lo digo.

A veces, el autoritario se reviste de la autoridad de otros, la traga, la digiere mal y la vomita en la cara de sus víctimas. Da el primer golpe y, si se lo devuelven, su llanto suena como el aullido de un mono cuando atisba a la leona en la sabana. Ataca sin piedad, vuelve culpable de ese ataque a la víctima y se exhibe impúdicamente como víctima de la agresión que ha provocado. En su versión casi civilizada, el autoritario busca la posición de poder y, desde ella, impone su criterio, se rodea de clones sin voluntad y se cree que salva el mundo sin hacer otra cosa que ordenar a los demás que hagan lo que su propia incapacidad le impide llevar a cabo.

Sabe en el fondo el autoritario que, como mucho, es un mediocre violento y teme que, antes o después, alguien lo señale, lo ponga en su sitio y, lo peor de todo, haga que todos se rían al ver que solo es un globo hinchado de aire. Por mucho que se empeñe y vocifere, carece de autoridad. Del verbo latino "augeo", que significa fomentar o hacer crecer, llegamos a la "auctoritas", la autoridad, la capacidad de hacer que algo se desarrolle y al "auctor", el autor, el que hace que algo crezca, florezca o evolucione. Puede gritar cuanto quiera: la autoridad no se exige ni se impone, sino que se reconoce y se recibe porque la sumisión tiene las horas contadas y el respeto perdura. Creo que el autoritario, en realidad, intuye vagamente que cuando alguien no lo teme pierde poder y corre el riesgo de que se le vea como el don nadie que siempre ha sido. Sin embargo, cuidado con el autoritario: no es un tonto, sino un mezquino con malas intenciones.

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