Andrés Caparrós

DONDE ESTÉS (Carta a mi hermana ausente)

Donde estés, estoy.

Ellos no quieren que te deje sola. Y no lo voy a hacer.

Aunque sigas en tu empeño de distancia y soledad, no pasaré de ti. Eres mi hermana pequeña, y te quiero. Yo estaba por allí cuando naciste, y te dormí muchas veces cantándote fandangos mientras te mecía en aquella butaca que acabó rompiéndose por los saltitos que daba sobre el suelo sin losas, bacheado. Todavía me pregunto cómo era posible que te durmieras tan pronto si yo cantaba a grito limpio gozando la alegría de tenerte en brazos, y ayudar a nuestra madre siempre ocupada con la aguja y el dedal en las manos. Por eso, aunque no quieras verme, donde estés estoy. Lo mismo que tú estás donde están mi corazón y mi memoria.

Qué mal comías de niña. Había que montar un circo para tus carcajadas. ¡Tus carcajadas! Estallantes como olas que se rompen sobre las lastras desnudas de la orilla. Y qué poco te gustaba tener que fingir ser más niña para poder viajar gratis o pagar menos en la diáspora que nos llevó a Barcelona. Mala vida aquella de tus ocho años, sin tiempo para el cariño que necesitaba tu alegría porque había que encontrar el sustento de cada día.

Tuvo que ser entonces cuando cayó sobre tu alma la semilla de un agravio, de una injusticia. También fue culpa mía, porque siendo yo adolecente a veces dejaba que tú bajaras la basura, desde una cuarta planta, y sin ascensor.

Por el abrazo y el mandato de los recuerdos de nuestra familia, donde quiera que estés, estoy contigo. Mirando con orgullo el diploma y la fotografía de tu promoción de licenciados en filología inglesa. Papá se pasaba horas contemplando esa fotografía. Y sollozando. Nunca sabrás lo que te quería, lo que le dolía no haber podido enfrentarse mejor a las dificultades, a la dureza y al miedo con que él vivía. Tampoco sabrás, te lo has perdido, el amor especial y exclusivo que Mamá te tenía. Tu infancia triste llegó a ser con los años un cargo de conciencia que fue borrando poco a poco el rastro luminoso de su sonrisa. Por eso, cuando iba a verla a Almería, entraba en la casa de Tirso de Molina “rebuznando” coplillas, abrazándola luego queriendo detener el tiempo mientras le besaba las sienes y la olía. Luego, cuando fracasado mi intento de que viniera a vivir con nosotros, yo volvía a Madrid, su voz o su mirada siempre me lo decían:

  • “Andrés, la Antonia”

Sigue diciéndomelo en sueños. Sobre todo, últimamente. Dios quiera que esa insistencia no sea porque te encuentres mal, o porque la soledad ya te apesadumbra más que de costumbre. Aquí me tienes, de guardia, atento al recodo del camino. Por si quisieras volver. Por si volvieras.

Donde estés, estoy, hermana. Mientras la vida sigue y el mundo gira.

Tu Andrés.

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