A la luz del día

Ansiedad olímpica

La ansiedad, cuando no es patológica, da energía, pero, crecida como trastorno, abruma y desconcierta

Cuando todas las expectativas anunciaban una exhibición gimnástica, en las Olimpiadas de Tokio, de la estadounidense Simone Biles, la angustia ha hecho de las suyas y la deportista, con sabio criterio en su lozana juventud de veinticuatro años, ha decidido que antes está el cuidado propio que la competición deportiva, por altas que fueran sus posibilidades de acumular medallas, con pocos precedentes en otros deportistas señeros. En su primer salto no pudo caer clavándose en la colchoneta y hubo de dar un paso de apoyo que le torció el rostro y le desmanteló el ánimo. Tras reiterarse, volvió a la pista y ya no continuó en otros ejercicios, además de abrirse la duda sobre si participaría o no en otras pruebas finales. La gimnasta, en un comentario a través de una red social, había reconocido que sentía el peso del mundo a sus espaldas, después de los fallos que tuvo en la fase de clasificación para las finales. Además de sentir que no disfrutaba, sino que tenía que satisfacer aspiraciones mundialmente reconocidas. La presión, por ello, se alió con la angustia y la gimnasta dejó en suspenso su participación en las otras finales porque había de preservar su bienestar.

La ansiedad toma, de manera general, forma de angustia que rompe el sosiego, que agita e inquieta el ánimo. Puede manifestarse, con cierta normalidad, como reacción ante situaciones de estrés en las que hay que afrontar una prueba o reto, enfrentarse a problemas o tomar decisiones de importancia. Asimismo, la ansiedad, cuando no es patológica, da un impulso de energía que incluso facilita la concentración. Si bien, crecida como trastorno, no se manifiesta de manera episódica, coyuntural y ligera, sino de manera abrumadora, con síntomas físicos reveladores y cambios significativos en los comportamientos. Luego la ansiedad no solo es olímpica por haberse presentado en esa gimnasta norteamericana con grandes aspiraciones en el medallero de Tokio, sino asimismo universal, por afectar a un destacado porcentaje de la población que necesita, como remedio, la administración de ansiolíticos. Olímpica, universal y, también, pandémica, porque el miedo, la incertidumbre, el confinamiento, la soledad, la pérdida de empleo, los fallecimientos y toda la cohorte de males del virus son situaciones traumáticas en las que la ansiedad se acomoda y la salud mental se resiente. De modo que, junto al pinchazo de la vacuna, pueda necesitarse la prescripción de ansiolíticos.

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