Antinavidad

La era de la antinavidad deja tras su paso un reguero de malas prácticas morales llenas de toxicidad

En estas fiestas tan señaladas, tan entrañables, tan familiares…" Así es como empiezan o acaban las cartas, los mails y las conversaciones estos días de vísperas de Navidad. Estas expresiones se han convertido en normas de compromiso, y acaso la misma fiesta. Y como hecho protocolario o de cortesía me voy a permitir una reflexión, precisamente sobre su frivolidad. Pero lejos de ser crítico con las creencias a favor del agnosticismo o de cuestionar la validez del mensaje religioso voy a contemplar la navidad como un fenómeno moral. Dando por hecho que esta es una subcultura estética donde se da ampliamente el frikismo y donde existe una industria económica, siempre he pensado que aquellos valores provenientes de la tradición tenían al menos en estas fechas una oportunidad para su supervivencia transcultural. Por eso me satisfacía contemplar la navidad como un fenómeno moral de mínimos, como una ética y pedagogía básica de lo cívico y de la dignidad humana, de la reciprocidad. No obstante esto ya no es así. Habitamos en una Navidad inhóspita donde el bien y el mal, lo justo y lo conveniente, son herramientas de manipulación que benefician la soberbia y la vanidad individual de algunas personas. Los valores son estructuras conceptuales que se adaptan y transforman para el bien de unos y el mal de otros. No hay honestidad moral en la celebración de las fiestas sino hipocresía. La igualdad como requisito para el amor se ha disipado a favor de la estética de las películas navideñas que si hablan de igualdad y que provocan lágrimas de cocodrilo. Lo siento pero ya no creo en la navidad, ni en la navidad agnóstica y moral en la creía. Ya no. No creo en el amor con condiciones ni en amor no bidireccional. No creo en la frivolidad de los protocolos ni en las alabanzas. Bienaventurados los pobres y los mansos, bienaventurados (decíamos todos). Bienaventurados los honestos (proclamábamos entonces). En lugar de eso son los avaros y los falsos de corazón los bienaventurados, también los orgullosos, los prejuiciosos y soberbios, los obtusos y los ostentosos, los que tienen pensamiento único y los que se dejan llevar, los hipócritas. Ya no creo en la navidad, ya no. Esta antinavidad que padecemos, porque ese es el término adecuado para ella, cada vez es más oscura y tenebrosa, fiel reflejo de la sociedad donde vivimos que no deja de someterse a la barbarie.

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