A Con-Ciencia

Aporofobia es lo que nos atenaza

Es la pobreza lo que no soportamos porque entendemos que no nos aporta nada

Conocéis muy bien mi empeño por usar la palabra adecuada para cada momento: se me caen los palos del sombrajo cada vez que escucho que "el momento álgido será el de las dos de la tarde alcanzando temperaturas de hasta 45º centígrados", como si no fuese bonita la palabra "apogeo"…, siendo además que "frío" es el significado de "álgido", ¡queremos referirnos a un calor insoportable! Es imprescindible ponerle nombre (adecuado) a las cosas para que éstas cobren vida. Les pasa exactamente como a las personas: es su nombre lo que determina su ser. Si no son nombrados es como si no existieran. Hace poco más de veinte años que nació esta palabra a la que hoy dedico esta columna, en el contexto de la ética. Vivimos en un país que recibe a unos 75 millones de turistas extranjeros, siendo el sector turístico uno de las claves para nuestra economía. ¿Podríamos entonces decir que en España existe xenofobia? Está claro que no somos xenófobos con esas personas que nos visitan durante una temporada (breve) y que piensan dejar parte de sus ingresos entre nosotros, pues sabemos que, objetivamente, tienen algo que aportarnos. Y es que se trata de eso, lo que en alguna ocasión he podido ya compartir alguna vez: lo que nos jode no es el extranjero, es el pobre. Es la pobreza lo que no soportamos. Y no la soportamos porque entendemos que no nos aporta nada. Por eso, hablar de xenofobia es bastante inadecuado: lo que nos molesta es el extranjero pobre, igual que el nacional pobre. Es el que suele ser víctima de las iras, dato sorprendente, de "grupos de gente joven bien que está pasando el rato".

¿Por qué nos molesta el pobre? Si fuésemos capaces de empatizar con estas personas por un momento, de encararnos en su realidad, de compartir sus experiencias de ausencia, de limitaciones, de precariedad, ¿seríamos capaces de abandonarlos a su (mala) suerte? Si fuésemos capaces de imaginar por un momento la ausencia de intimidad en sus vidas (cuarenta mil personas duermen en la calle cada noche en España), ¿nos plantearíamos con tan escasa importancia la experiencia de los sin techo? Posiblemente, no queremos que la realidad nos interpele sobre nuestra suerte. Y de ahí, el paso a odiarlos es de poco esfuerzo. El problema es que, además de "áporoi", tienen un nombre concreto cada una de esas personas. Tal vez no tenemos tiempo de aprendernos sus nombres porque estamos saludando a turistas.

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