Abierto de Noche

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En la terraza de la cafetería del hotel desayunan los primeros resucitados del año y las mesas son claras y limpias

Un mundo glacial despierta de año nuevo, la niebla, densa, inunda a primeras horas de la mañana las carreteras por las que andan zombis vestidos de negro que en realidad son migrantes o inmigrantes. Recorren el primer día del año la carretera que les lleva a su poblado chabolista. Van sin chaleco reflectante y vienen del mar. En el núcleo turístico donde han desembarcado sigue una neblina suave y todo está cerrado incluso a las diez de la mañana. A las diez de la mañana de año nuevo en San José están cerradas las cafeterías y sólo hay una cafetería abierta en un hotel nuevo cercano a la playa. En la terraza de la cafetería del hotel desayunan los primeros resucitados del año y las mesas son claras y limpias. Aunque no da vistas amplias y directas al mar se nota la pequeña brisa que trae el frío que entra en la parte cerrada de la cafetería y enfría las manos. Bajando hacia la playa ahora no hay nadie, aparece un niño con su padre que se interesan, como nosotros, por un cangrejo ermitaño que intenta moverse sobre la playa hecha de rocas y arena. También se ven los restos de la llegada de los migrantes, chalecos salvavidas de color amarillo y ropa mojada. Recorriendo la costa de un lugar que parece de cualquier sitio menos de Almería el frío se hace más intenso y cala a pesar de los abrigos y las bufandas. Subimos las escaleras de piedra que llevan hasta la calle que bordea la costa y seguimos andando hacia el oeste. Se empiezan a ver personas, algunos en manga corta, el camino, lleno de cuestas que suben y bajan, está plagado de chalets costeros algunos habitados donde reciben el año viendo el mar. En sus amplias terrazas desayunarán dentro de unas horas, mirarán la amplia costa desde su privilegiada terraza y volverán a la macrourbe en cuestión de días, horas, motores, gases, humos y ruidos. Al final está un edificio de la Guardia Civil, callado con las puertas cerradas y sin signos de personas salvo ropa colgada en las terrazas de las casas viejas. Otro paseo hacia el este nos trasporta a restaurantes que empiezan a abrir en el puerto, quejándose de que en esta situación no merece la pena abrir, ya desayunan nuevas personas, los barcos, esperan pacientes a los dueños y usuarios a que, cuando el tiempo lo permita, de nuevo colonicen todo el mar amenazando a los bañistas. Ahora, una barca solitaria está en medio de mar, un padre con su hijo pesca en la playa.

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