Barrabasadas universitarias

Unas cuentas que garanticen que en sus aulas no se fomenta la politización de las ciencias y las letras

Uuno de los signos más decadentes de aquella de España dieciochesca, de charanga y pandereta, autárquica y analfabeta, acaso fuera la degeneración episódica de sus universidades. Un descarrío significante, dado el papel magistral de la universidad, como faro y foro intelectual de la sociedad, que soportó atropellos como el relatado por M. Wiesenthal, en su sabrosa Hispanobundia, (Acantilado) sobre cómo logró, en 1726, la cátedra de matemáticas de la Universidad de Salamanca, vacante porque para los estudiantes las matemáticas eran enredosas, un tal Diego Torres Villarroel, trotamundos jovial con un aparatoso currículo soldadesco, amén de "buen toreador y gran danzante" y musiquero. Habilidades con las pudo acceder a la cátedra del arte pitagórico, «por aclamación del pueblo, cómo a Barrabás, mientras unos estudiantes gorrones, cargados de armas, esperaban la resolución del tribunal», que decidió por 71 de los 73 votos claustrales que el susodicho se encasquetara el birrete catedraticalicio. Un ejemplo más sobre la proverbial pusilanimidad academicista para hacer frente al ímpetu estudiantil que se supone debían civilizar en pensamiento crítico. Triste episodio que traigo a colación ante los sucesos, auténticas barrabasadas, vividos en las universidades catalanas, porque de su contraste cabe inferir, con poco esfuerzo y buen provecho, jugosas lecciones. Ante todo, que la juventud catalana de hoy no es menos españolaza que la salmantina del oscuro S. XVIII (nihil novum sub sole). O que el nivel de sumisión de los claustros universitarios ante las aclamaciones de piquetes estudiantiles, aunque solo se trate de facilitarles la ejecución de antojos pueriles, (o cómo llamar a no examinarse porque se van a incendiar calles), tampoco es que se haya mejorado mucho. O sea, todo un dislate histórico, otro, porque la necesaria autonomía universitaria no puede justificarse si no va acompañada de la correlativa rendición de cuentas a la sociedad que la financia. Unas cuentas que garanticen que en sus aulas no se fomenta la politización de las ciencias y las letras. O que en sus recintos no se vea otro fanatismo que no sea el que exija el respeto por la libertad propia y ajena, ni otro credo que el del amor por los valores de la Ilustración, como la sabiduría y los argumentos de la razón. Dejando que sean otros templos y estadios e instituciones, los que se ocupen de las pasiones humanas.

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