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Bartolomé Marín

Recibimos encantados, como un regalo del cielo, por fin, esta muestra póstuma de sus talentos pictóricos

En ocasiones se sale de la crisálida póstumamente. Mi buen amigo y mentor de mi juventud, el padre Bartolomé Marín, no quiso exponer en vida su obra pictórica; quizá por timidez o por humildad, o incluso por prudencia, ante el estruendo cultural y artístico almeriense, donde varias familias o grupos pugnaban por lucir sus arrogantes esplendores. Durante décadas arropó a todos aquellos que decían algo en la capital, les escribía textos para sus catálogos expositivos y artículos de opinión en la prensa. Y mientras tanto, él pintaba y pintaba sin parar, principalmente en su retiro albojense de la calle Salitre, que era también el mío, el de la calle Concepción, ambos del barrio de La Loma. Lo visitaba casi a diario y charlábamos largo y tendido sobre arte. El mundo cultural almeriense, en todo ese tiempo, solo conoció su prodigiosa y fecunda actividad como caricaturista. Ahora presentamos, por vez primera, una exposición en el palacio de la Diputación que recoge una parte significativa de su labor pictórica. Encendidos y apasionados paisajes de nuestra tierra, un interesante elenco de bodegones matéricos y casi informalistas, de cierta voluntad arqueológica y primitiva, y algunos retratos familiares -especialmente el de su padre- de nítida vocación expresionista o deformante, tanto en la forma como en el color. El padre Bartolomé militó en la vanguardia indaliana, pero sin entregarse de forma incondicional; siempre conservó su individualidad, consciente de su capacidad, de su vasta cultura e inteligencia, y de sus talentos propios. El siempre se declaró humilde alumno de Fra Angelico, el gran pintor del Cuatroccento florentino. Por edad, es incluso algo anterior a la mayoría de los indalianos y, a la vista de la calidad y el empeño de muchos de sus cuadros, supera en alcance y verdadera dimensión pictórica -por lo singular de su voz, su poética de afiladas líneas y perfiles y la filiación con lo religioso-místico- a algunos de los integrantes clásicos del grupo. En algunos paisajes de gran tamaño sobre las ramblas albojenses, la vista con cabras de la calle Salitre y algunos bodegones, su talento se eleva nítido y felicísimo, con una belleza poética de la materia, sutil y trabajadísima, que muchos otros compañeros jamás alcanzaron. Recibimos encantados, como un regalo del cielo, por fin, esta muestra póstuma de sus talentos pictóricos. Seguro que él, desde su retiro eterno, nos aprueba y mira complacido.

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