República de las Letras

CATALANES

Nadie explica qué hacer, cómo y cuándo, para normalizar el encaje de Cataluña en España

Hace años me contaron un chiste de catalanes. Resulta que un viejo comerciante barcelonés se está muriendo en su casa modernista de El Born. Le rodea su familia. "Jordi, mi hereu, ¿estás ahí?", pregunta el anciano. "Sí, pare, aquí estoy", responde el hijo mayor. "Y Montse, ¿está aquí conmigo?", dice el enfermo. "Sí, pare, aquí estoy", responde la hija. "Josep, dice ahora el agonizante, ¿estás aquí?", y responde el tercer hijo: "Sí, pare, aquí estoy también". "Entonces, clama el moribundo incorporándose en el lecho, ¿quién coño hay en la tienda?". La mentalidad catalana reflejada en el chiste, fabril, laboriosa, trabajadora y económica ha sido siempre la envidia del resto de españoles. Cuando venían los veranos con sus 600, sus marcadas eses y lo que nos parecía su mal disimulado menosprecio hacia el andaluz atrasado, vago y panderetero con que nos representaban, y contaban las excelencias de Cataluña, su prosperidad y su pujante industria entre dichos y palabros de su particular idioma -un galimatías para nosotros-, se creaba a su alrededor una atmósfera de admiración, desconfianza y soterrado desprecio final que no era más que envidia. Y ya sabemos que la envidia es el pecado capital de los españoles. Por lo pronto, ellos ya tenían vacaciones pagadas, veraneaban, viajaban en su propio coche -aunque venían a hospedarse en nuestras casas-, y disfrutaban ociosos… gastando lo justo, eso sí. Ya usaban cámaras de fotos y pretendían que les lleváramos a visitar monumentos o barrios familiares o playas cercanas que para nosotros eran, no obstante, desconocidas. Eran modernos, actuales y cultos -aquellas eses…-, no como nosotros, antiguos, tradicionales y paletos. Pronto surgieron chistes sobre ellos, sobre su tacañería, sobre todo: ¿Saben aquel que diu, que a un catalán se le caen cinco céntimos al váter y dice: "Va, por esa miseria no meto yo la mano ahí". Entonces tira un billete y dice: "Por cinco céntimos no, pero por 50 euros, sí", y se enfanga en la mierda.

Así se fue forjando una soterrada animadversión hacia lo catalán que no ha podido disimular esta época, tan dada al eufemismo y lo políticamente correcto: los catalanes nos repatean. Y de ahí al "A por ellos, oeee" y al odio no hay más que un paso. Y a la foto de Colón que ahora van a reeditar las derechas. Nadie explica qué hacer, cómo y cuándo, para normalizar el encaje de Cataluña en España. Continuará.

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