El medio y el ambiente

Confirmado: materialismo a tope

Si los hijos no son de los padres: ¿de quién son? ¿Del papá estado? ¿Del papaíto Lenin de turno?

Como se decía antes: ojalá y quiera Dios que nunca se me olviden mis visitas al Registro Civil para inscribir a mis hijos. A pesar de lo distraído que soy, no me equivoqué y no fui al Registro de la Propiedad. En el Civil la cola, que se debía a que las mujeres daban a luz y el registro lo hacía el funcionario mano y eso se llevaba su tiempo, pero nadie estaba serio. Se aprovechaba para comentar el parto y cuántos hijos teníamos, cuántas niñas, cuántos niños. Se respiraba alegría de la que sale de dentro.

Inocente de mí, que siempre que me he referido a ellos, lo he hecho diciendo: mis hijos. Digo yo que si son hijos de mí, son hijos míos; y si son hijos míos, son mis hijos. Pero es que además, siempre he estado convencido de que cuando nace un hijo, lo que los padres recibimos es una bendición y responsabilidad, no una propiedad. Y si me apuran, y dicho con todo el cariño del mundo: lo que se te viene encima es un quebradero de cabeza. Lo que ocurre es que los padres nos transformamos de tal forma desde que están engendrados, que cuando hacen una travesura en la casa y al rato los vemos en su cama durmiendo plácidamente, en lo único que pensábamos es en ¡qué guapo es!.

Llevar el asunto del mi al extremo de una propiedad es demasiado materialista. ¿Quién puede pensar que unos padres consideren a los hijos una propiedad?. Y si extendemos esos sentimientos a la educación, los padres hemos intentado educar a nuestros hijos en el seno de la familia, y la escuela la hemos considerado siempre una prolongación del hogar. Un lugar en el que adquieran conocimientos a la par que les inculcaban los mismos valores que en la casa, ya que la educación empieza en la casa y continúa en la escuela.

Por otra parte, si los hijos no son de los padres: ¿de quién son?, ¿del papá estado?, ¿del papaíto Lenin de turno?, ¿del papaíto Hitler?. ¡Los pocos pelos que me quedan se me ponen como escarpias!. ¿Es que alguien quiere volver a ver desfilar la O.J.E. o los Flechas Navales, o la Sección Femenina?. ¡No quiero ni pensarlo!. Es el límite del totalitarismo. Es la anulación de la persona y de la familia que es el lugar en el que empieza la verdadera educación: la formación de personas con valores.

Pensándolo bien, me da la impresión de que alguien, o necesitaba una cortina de humo, o acaba de descubrir a Huxley y su obra Un mundo feliz y no se ha percatado de que esa obra no es un manual de didáctica, ni de pedagogía, ni de motivación para el aprendizaje, ni de orientación familiar, ni … , es una novela de 1932.

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